FERNANDO LÁZARO CARRETER SOBRE LA ORIGINALIDAD DE EL BUSCÓN Y SU REVISIÓN DEL CONCEPTO DE «NOVELA PICARESCA»
Por: José Antonio Olmedo López-Amor[1]
Fernando Lázaro Carreter (1923-2004), ilustre filólogo, profesor y director de la Real Academia Española (1992-1998), recupera en su artículo “Para una revisión del concepto "novela picaresca””, concebido como ponencia para el III Congreso Internacional de Hispanistas (1970), el escurridizo concepto de «novela picaresca», como género literario, para revisarlo y replantear el problema, pues, según admite: «se resiste a ser definido» (p. 27).
A la diferencia de opiniones vertidas en cuanto al nacimiento del género picaresco, la complejidad de su falta de fronteras y las diferentes naturalezas de las obras que lo conforman, se suma la discusión sobre uno de sus rasgos más distintivos: la de relato narrado en primera persona. Lázaro Carreter deduce que parte de dicha complejidad deviene del punto de vista adoptado para enjuiciar el fenómeno: «una abrumadora atención a los contenidos, y un nocivo olvido de que a un género lo caracteriza tanto o más su morfología» (p. 28). En este sentido, al ver que la búsqueda inductiva de denominadores comunes no da resultado, el filólogo propone atender a su proceso de formación.
El profesor zaragozano plantea una taxonomía de autores del género dividida entre aquellos que lo dotan de su particular poética y aquellos que los imitan. De esta manera, atribuye a los epígonos, que en ocasiones se esfuerzan por ser originales, parte de la responsabilidad del problema genológico planteado. Así, movidos por «su secreta ambición de ser originales» (p. 29), justifica que existan obras que trasgreden los cánones, contradicen normas y costumbres y hasta imbrican géneros. Para ilustrar este aserto cita a autores como Gregorio Guadaña o Salas Barbadillo, quienes se sumaron a la creación picaresca de molde heterogéneo, pero «amparado por reglas que público y editores reconocían, y que permitían la identificación de la obra» (p. 30).
En su opinión, Lázaro Carreter estima que la poética picaresca nació con El Lazarillo (1554) y se refrendó y asentó con El Guzmán (1599), pero después afina su afirmación y precisa que el verdadero nacimiento del género no tuvo lugar con el surgimiento de estas obras, si no con su asociación. Esto lo explica señalando que Mateo Alemán alude a la historia de Lázaro en su novela más ilustre, y después, ambos serán aludidos e imitados por otros escritores.
A continuación, presenta los tres factores que concurren de manera visible en ambas novelas y que sugieren una suerte de perfil de género: autobiografía de un marginado (sucesión de peripecias), el servicio del personaje protagonista a varios amos (lo que posibilita la crítica), y la función del propio relato como justificación a una situación final de deshonor (p. 33).
Tras una lectura comparada de ambas obras, Lázaro Carreter conviene que la realidad cotidiana, el recurso epistolar y la voz narradora en primera persona son rasgos comunes que serán muy imitados y transgredidos, un afán que cristalizará en la concepción de relato abierto, la sucesión de peripecias enristradas o la promesa de nuevas partes como estándares de muchos de sus epígonos. Lázaro Carreter reconoce la originalidad de Quevedo (p. 43), sobre todo en la rotundidad de su acervo en El Buscón (1626), y señala que habiendo tenido en cuenta los modelos fundacionales del género, en su obra hay más de Guzmán que de Lázaro. Con todo, su predilección entre ambas historias se decanta por la anónima.
Para concluir sobre este asunto, Lázaro Carreter se reafirma en su reivindicación de abandonar el mecanismo de inducción, a la hora de buscar rasgos comunes para etiquetar un género, y apuesta por un estudio exhaustivo del proceso de formación de sus obras más pioneras e imitadas, atendiendo, por supuesto, tanto a sus estructuras internas, como al impacto que dichas obras tienen en las obras de escritores posteriores.
Con respecto a la originalidad de El Buscón, Lázaro Carreter escribió en 1993 un estudio preliminar, como atrio a la edición de La vida del Buscón, editado por Crítica (Barcelona), y en dicho texto, como buen conocedor de la tradición picaresca española, y no menos ducho en lo sistemático de su aparato crítico, el hispanista se enfoca en desgranar qué rasgos de la ilustre novela señalan sus nuevas aportaciones al género, en lugar de reiterar qué componentes la incluyen y destacan en él (como suele hacer la mayoría de críticos). Para ello, compara las andanzas de Pablos, protagonista quevedesco, con las de Guzmán, el ínclito personaje principal de Alemán, en busca de algunos de sus provechosos automatismos.
En primer lugar, Lázaro Carreter señala que el didactismo incluido en La vida del Buscón es uno de los automatismos que de manera recurrente se citan en la mayoría de sus recensiones. Visible lugar común entre Pablos y Guzmán, el hispanista aduce que habiendo recibido la obra el voto favorable de la censura, de manos del presbítero Peralta (merced a ser modelo de las buenas costumbres), no escasearon las críticas desfavorables de los padres Niseno, Montojo o Pineda, entre otros, dada su acidez y falta de enjuiciamiento.
Como toda la literatura desgarrada de la época, para Lázaro Carreter, pese a todo, también El Buscón se une a la denominada «poesía moral» (p. 9). Para refrendar esta afirmación, el crítico literario recurre a un comentario de Pedro Aldrete (sobrino de Quevedo) en el que se pronuncia sobra la presencia del didactismo en la bibliografía del maestro: « […] así en verso como en prosa, sacras, serias y burlescas, se dirigen a la reformación de costumbres y contienen alta enseñanza» (p. 9).
Demostrado el didactismo, Lázaro Carreter considera la picaresca y el ascetismo (señalados por Vossler, p. 10) una extraña mezcla que singulariza la obra. Para Vossler, picaresca y ascetismo coexisten casi de manera inverosímil. A lo que Lázaro Carreter añade que El Buscón se contagia de un nuevo automatismo: el que deviene de la consolidación del género (p. 10). Creencias religiosas y comisión de delitos se imbrican en una suerte de nuevo testamento que pasa con suma ligereza de lo humorístico a lo moral.
Pablos, incrédulo de una posible salvación terrenal, tiñe su barroco verbo de pesimismo. La magnífica retórica del genio madrileño concibe esta obra como corolario de dos fuerzas fundamentales: un anhelo realista el mundo (que lo acerca a él) y una huída ascética (que lo aleja). Es por ello que el filólogo zaragozano estriba que una lectura epidérmica de la historia de Pablos convendría que consiste en una sucesión de situaciones cómicas, mientras que si se analiza en profundidad su relación entre la ilusión y el fracaso, el laudo resultante apuntaría a un trasfondo de profundo desengaño.
Despierta curiosidad la parte en que Lázaro Carreter especula acerca de la posible fecha fundacional de El Buscón, ya que es tan conocido el hecho de que su publicación fue en 1626, como la certeza de que circuló una versión anterior que podría remontarse muchos años antes. En este sentido, tras analizar las referencias a otras obras citadas en el texto y a acontecimientos históricos, el alumno de José Manuel Blecua y Dámaso Alonso se inclina por la fecha de 1601 como la más posible para su nacimiento.
Esto nos lleva al siguiente punto, en el que Lázaro Carreter asume la influencia del primer Guzmán (1599) en Quevedo. No hay más que atender al parecido entre algunas escenas y personajes de ambas novelas para advertir su posible acierto. Como por ejemplo, el personaje del capitán escéptico, aprovechado y pobre de Mateo Alemán, que propicia la mayor crítica en contra del Estado, es un personaje al cual Quevedo caricaturiza y humilla, pues banaliza su preocupación. Esa será, precisamente, una de sus posturas más original y arriesgada: la de no pronunciarse moralmente ni enjuiciar.
Y lo mismo ocurre, según Lázaro Carreter, con la actitud como galanes de monjas de ambos personajes principales. Mientras que Guzmán seduce a las religiosas para sermonearlas, Pablos ni siquiera condena la actitud vergonzante de la Iglesia. Advierte el autor que hay en la voluntad de Quevedo una necesidad de ir más lejos, una obcecación por romper el molde e impresionar que queda confirmada en momentos como la frialdad de Pablos ante asuntos que afectarían a cualquier temperamento (como la muerte de sus padres), o la escena de los pasteles de a cuatro del Guzmán, superada con creces hasta llegar a lo desagradable por la escena en la que se especula que se sirve carne humana para comer. Esto, dado el ardid palabrístico de Quevedo, sirvió de inspiración a Alemán para su segundo Guzmán; es decir, que ambos escritores tomaron argumentos e ideas el uno del otro.
Para terminar, Lázaro Carreter afirma que, sin buscar originalidad en la materia de composición, puesto que muchos sucesos y situaciones provienen de la realidad, El Buscón es muy original. Asimismo, sostiene que, a pesar de que en algunos momentos lo parezca, Quevedo no moraliza ni protesta (p. 20). Su objeto es el concepto. Considera, sin dudarlo, que más que una novela discursiva al uso, es una obra de ingenios engarzados. Señala que dicha inconexión es una constante en toda la obra quevedesca. Subraya la importancia de su marchamo estético, pues construye una catedral tan monumental como asentimental, y remata destacando del talento del genio madrileño su inteligencia y agudeza.
Referencias:
Lázaro Carreter, F. (1970). “Para una revisión del concepto "novela picaresca"”, Actas del Tercer Congreso Internacional de Hispanistas / coord. por Carlos H. Magis. El Colegio de México, pp. 27-45.
Lázaro Carreter, F. (1992). “Originalidad del «Buscón»”, estudio preliminar a La vida del Buscón, de Francisco de Quevedo. Crítica, pp. 9-24.
[1] Universidad de La Rioja. Escritor, crítico literario, poeta y editor nacido en Valencia en 1977. Cursa Estudios Hispánicos, Lengua Española y sus Literaturas en la Universidad de Valencia. Es codirector de la revista literaria Crátera. Miembro de la Academia Norteamericana de Literatura Moderna Internacional. Ha publicado libros de poesía como El testamento de la rosa (Finalista del VI Premio Nacional Juan Calderón Matador, 2014), La soledad encendida(2015), Maldito y bienamado bibelot (II Premio Nacional de Poesía Isabel Agüera Ciudad Villa del Río, 2017), Nubes rojizas (2019) o Actos sucesivos (III Premio Nacional de Poesía Ateneo Mercantil, 2020). En 2017 publicó su libro de ensayo y crítica Polifonía de lo inmanente. Apuntes sobre poesía española contemporánea (2010-2017). Su primer libro de aforismos, junto a David Aceves, se titula El monstruo en el camerino (2023) y fue publicado por Ediciones Trea. Ha aparecido en antologías como 11 aforistas a contrapié (Ediciones Liliputienses, 2020). Contacto: Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.
