LAS FIGURACIONES DE LA IRONÍA Y EL PODER | REVISTA AJKÖ KI No 4

LAS FIGURACIONES DE LA IRONÍA Y EL PODER | REVISTA AJKÖ KI No 4

LAS FIGURACIONES DE LA IRONÍA Y EL PODER

Por: Paúl Enrique Benavides Vílchez[1] 

 

 1. ¿Qué esperar de los escritores en la actualidad ante la problemática social del país?

Primero, es preciso, una vez reconocido el hecho de que hay una problemática social, saber en qué consiste tal problemática. Posterior a este ejercicio, preguntarnos qué tiene para decir la literatura o más precisamente: ¿debe decir algo sobre lo que nos sucede? Si se acepta que “debe decir”, eso nos coloca en una postura ética: el deber ser moral o ético, que nos conduce a la inevitable relación entre la literatura y la polis, como la entendían los griegos, ya fuera Atenas, Esparta, Siracusa, en tanto Ciudad-Estado, conformada por instituciones, prácticas políticas, judiciales, religiosas, con su ágora o espacio público, con su boyante quehacer estético, artístico, con su persistente inclinación por la reflexión y el pensamiento. Pero también con sus excesos y sus yerros, con sus perversiones y mentiras, con sus crímenes y sus muertes.

Sobre lo primero, hay que reconocer que el concepto “problemática social” es un convenio o acuerdo epistemológico: puedo reconocerlo o no, dependiendo de mi posición en el mundo. Si vivo en un castillo aislado o como ermitaño en una cabaña recóndita, no me enteraría de que hay problemas relacionados con el desempleo, con la violencia social o con la crisis política, por ejemplo.  

Todos estos conceptos suponen no sólo acto de conciencia sino de comprensión y de construcción social de la realidad, al decir de los sociólogos T. Berger y P. Luckman (1966). Aunque los escritores no son sociólogos ni tienen por qué serlo. Pueden ser físicos o artistas que escriben y su mundo puede estar influenciado por la ficción científica o por el arte. No obstante, digamos que no hay un acuerdo respecto a la existencia de una problemática social, sino en cuanto a hechos sociales concretos: las muertes por homicidios, la apabullante penetración del narcotráfico, la contaminación de los ríos y del mar, que es el morir (parafraseando el poema “Coplas a la muerte de su padre” de Jorge Manrique) gente sin trabajo, niños agredidos, migrantes expulsados por el autoritarismo, mujeres desempleadas, calles con huecos, citas médicas para el 2027 sin importar que sea una persona de 84 años, etc.

 

2. La relación entre la política y la literatura: el mundo de Atenas

La relación entre literatura y política goza de una larga tradición que hunde sus raíces en el mundo grecolatino, así llamado clásico, y se expone con prístina lucidez en la polis ateniense. El sistema político ateniense - encarnado en la personalidad de Pericles (siglo V a. C) -que se ha tomado siempre como parámetro de democracia ejemplar y perfecta, es puesto en duda por Tucídides, quien lo caracterizó de forma precisa como: “solo de palabras y en los hechos, una forma de principado”[2].

Hay que decir que “democracia períclea” no sólo es interpelada desde la historia, sino desde el escenario, desde el teatro, por Aristófanes. En su obra Las Nubes, los personajes que encarnan al ateniense promedio, mediante diálogos cáusticos e irónicos, expresan su rechazo de aquel mundo elitista del que provenían los mandatarios que se turnaban el poder, cíclico y cerrado. 

El blanco de los cómicos, no son casi nunca las personas que están en el pueblo o pertenecen a la masa popular, sino por lo general personas ricas o nobles o poderosas, es decir, gente de alto vuelo, comprometida con el ejercicio del poder. Pero también, ojo, y esto es importante, incluye entre sus juicios mordaces a algunos personajes salidos del pueblo, cuando intentan arrogarse demasiadas prerrogativas y ponerse por encima del demos.

El teatro cómico era un termómetro político de la ciudad. Es el mismo Aristófanes en su comedia Los acarniensesque pone en jaque la visión idealizada que propone Pericles en su famoso epitafio transmitido por medio de Tucídides: “no anteponemos las razones de clase al mérito personal, conforme al prestigio que goza cada ciudadano en su actividad, ni tampoco nadie, en razón de su pobreza, encuentra obstáculos debido a la oscuridad de su condición social, si está en condiciones de prestar un servicio a la ciudad”[3].

Aquí, Aristófanes pone en duda el cacareado mecanismo asambleario (democrático e igualitario, en teoría) ateniense. El personaje Diceópolis, un pequeño propietario del demo, llega a la Asamblea con el único objetivo de pedir paz. Por su condición social no tenía derecho a la palabra, sino a gritar o abuchear a los que sí tenían derecho al uso de tal instrumento y que como tales, dominaban la asamblea. Pese a que sabía que le estaba vedado su derecho a hablar, lo hace, y es mandado a callar por quien dirigía la Asamblea. Lo descalifican, lo señalan, y pese a eso se arroga el derecho de los señores (atenienses ricos y miembros de la aristocracia) a hablar. Al hacerlo, desmonta el mito de la Atenas igualitaria, “propagandeado” por Pericles. El personaje Diceópolis incurre en una audacia extrema: pone en tela de duda las razones mismas por las que la Atenas se encuentra en guerra, niega abiertamente que la responsabilidad pueda recaer sobre los espartanos. Ridiculiza el decreto perícleo que imponía un bloqueo comercial contra Megara, suscitando las previsibles reacciones de Esparta.

Aristófanes, con su personaje Diceópolis, transgrede los límites del discurso tradicional no sólo al decir cosas contenidas y agradables dentro del orden establecido, sino que somete a juicio crítico, pone en tela de duda, discrepa, interpela y critica, los fundamentos del orden político ateniense.  Nada menos.

 

3. La relación entre política y literatura en Hispanoamérica

En Hispanoamérica, la relación entre literatura y política arranca desde el momento colonial y se prolonga por todas las etapas del desarrollo socio-político continental, que incluye las primeras décadas como republicas independientes, transcurre por el liberalismo con o sin oligarquía, y continúa por todo el siglo XX y por supuesto, se expresa en el siglo XXI.

Esto incluye a Costa Rica, sin lugar a dudas. Cito por ejemplo el Album de Figueroa escrito por José María Figueroa Oreamuno y expuesto en París 1891 y registrado en la prensa costarricense en 1896 (hoy para descarga libre)[4]. Estamos ante una crónica que reconstruye el mundo colonial costarricense que va del siglo XVI al XIX, que incluye información sobre paisajes, constitución de poblaciones, modas, viviendas, listas de gobernadores, mapas históricos, diarios de viajes, los ritos funerarios, cuadros de costumbres. Pero Figueroa Oreamuno no es un cronista neutral. Un observador pasivo que renuncia a tomar partido y a dar su punto de vista. Cuestiona a las autoridades políticas coloniales por el tratamiento a los pueblos indígenas y hace una especial mención no exenta de dureza y vehemencia, debido a su reducción a la condición de esclavos.

En Hispanoamérica, en el siglo XIX, la novela Amalia (1851) de José Mármol recreó los tiempos difíciles en que Juan Manuel de Rosas, Gobernador de Buenos Aires, acentuaba la represión contra sus enemigos políticos. Se le conoce como el poeta que enfrentó a la tiranía.

Bananos y hombres (1931 / 1998) de Carmen Lyra es un conjunto de relatos en torno a las relaciones clasistas y laborales que se daban en torno y en las compañías bananeras, donde se deshumanizó a la mujer, al hombre y a los niños, con relaciones de explotación. En palabras de Carmen Lyra: “Pongo primero bananos que hombres porque en las fincas de banano, la fruta ocupa el primer lugar o más bien el único”[5]. El primer relato es Estefanía R, una mujer que muere en el olvido, como tantas otras mujeres y hombres en los enclaves.

Mamita Yunai (1941) de Carlos Luis Fallas es, como todos sabemos, una denuncia en contra de la United Fruit Company. Expone las condiciones inhumanas, insalubres y represivas de la empresa para imponer un modelo de enclave bananero, con todas sus implicaciones. Obra de ficción y testimonial a la vez, porque el autor conoció personalmente las condiciones de explotación y expoliación cuando se desempeñó como liniero de la United Fruit Company. Además, y esto es muy importante: expone la exclusión y la segregación geográfica de la política y de la democracia costarricense, que se mantiene hasta el día de hoy. Hablo de las zonas más alejadas del área metropolitana: la zona norte, el caribe sur y norte, la zona sur continúan estando fuera de los beneficios del desarrollo.

El señor presidente (1946) de Miguel Ángel Asturias se inspira en la figura de Manuel Estrada Cabrera. Es una especie de descenso a los infiernos a través de la reconstrucción de una atmósfera de pesadilla, forjada en el ejercicio ilícito del poder y en la omnipresencia de la tortura y el miedo. Hasta la fecha. Sólo oír y ver las noticias sobre Guatemala.

El Sitio de las Abras (1950) de Fabián Dobles aborda el tema del agro y de la lucha de clases que supone la presión por la tierra. Texto de 1950 que analiza la pugna por la tierra, que trae como consecuencia el despojo de los pequeños propietarios con complacencia de las autoridades y el aparato estatal.

La muerte de Artemio Cruz (1962) de Carlos Fuentes relata la agonía de un exguerrillero de la revolución mexicana y gran empresario que supo aprovechar el contexto postrevolucionario para enriquecerse. Propone al lector su visión de México, plural, una revolución que fracasó en el ejercicio de sus ideales, un desarrollismo propulsado por intereses externos, la corrupción latente, y la simultaneidad de todos los tiempos de la historia de México.

En Yo el Supremo (1974) de Augusto Roa Bastos se recrea la figura del dictador paraguayo José Gaspar Rodríguez de Francia, quien gobernó con mano dura su país entre 1814 y 1840. Está dentro del subgénero de la novela del dictador, y llega a niveles literarios imposibles de superar. Yo el Supremo sitúa su punto de partida en la siguiente premisa: sólo puede concebirse el poder absoluto en la posibilidad del control total de los discursos, donde el discurso del poder sea el único posible, desplazando y anulando a los otros discursos.

Persona non grata (1973) de Jorge Edwards es un texto que puede ser leído como una obra de ficción y testimonio a la vez. Edwards fue el primer escritor hispanoamericano en notar que algo iba irrevocablemente mal en la revolución cubana, lo que le valió la expulsión de Cuba a los tres meses de haber llegado. No era un agente de la CIA, sino un representante diplomático del Gobierno de Allende.

Esa orilla sin nadie (1988) de Hugo Rivas narra la corrupción política de los funcionarios de las instituciones públicas, que hoy se denomina legalmente como tráfico de influencias y enriquecimiento ilícito. La novela intercala narración sincrónica con acontecimientos históricos de larga y reciente data, como el asesinato de Morazán, el triunfo de la revolución sandinista y el papel de la guerrilla salvadoreña. También aborda el vacío existencial de una generación rebelde y a la vez vacía, una juventud desencantada que advierte la traición de los ideales democráticos que padecieron su expresión crítica, décadas después. Obtuvo el premio nacional Aquileo J. Echeverría.

Agosto (1990) del gran Rubem Fonseca narra los últimos días del político brasileño Getulio Vargas, apodado el padre de los pobres, que se suicidó de un tiro en el corazón, en agosto de 1954. Con su magistral estilo literario, Fonseca noveliza uno de los periodos más convulsos y violentos del país, combinando el género policiaco con la intriga política.

Antes que anochezca (1990) de Reinaldo Arenas es un testimonio imprescindible para entender el derrumbe del mito de la Revolución cubana.

 

4. ¿Y la política?

Y sobre este tema puedo decir que hay suficiente evidencia estadística, social, política, educativa, sanitaria, laboral, para indicar que persisten un conjunto de hechos o problema inéditos, que configuran el mapa de la Costa Rica actual, un país desajustado desde hace décadas, que no ha podido reducir la pobreza ni la pobreza extrema, ni integrar las contingentes rurales y urbanos al desarrollo, ni unir cultura, educación, tecnología, empleo y sociedad en un nuevo pacto político, renovado y con perspectiva de futuro. Los principales responsables de todo este caos son los políticos que no hicieron lo que debían y en el momento que debían, para atenuar los impactos de la globalización tecnológica y económica encarnizada y violenta. Ellos demostraron una enorme pereza y lentitud para acomodar los desajustes democráticos de esa hiper integración al mundo.

Los partidos políticos, los grupos de influencia, los actores ocultos y manifiestos interesados en remarcar la confrontación y el conflicto, en enfatizar las diferencias y las disonancias, que en modernizar y fortalecer los núcleos de lo que alguna vez delineó, con algo de mito pero también de verdad, la “excepcionalidad costarricense” y que no es ni más ni menos que el papel transformador de la educación, de la cultura y de la seguridad social universal, gratuita y obligatoria, que posibilitó tener altos índices de integración de equidad y de movilidad social. Algunos de los que estamos acá somos producto de eso.

La política para todos, relacionada con el bien común, con aquellos aspectos universales de afectación general, fue sustituida por una política de intereses parciales, grupales, vinculados a las reivindicaciones identitarias o confesionales, que nunca pueden desplazar temas como la pobreza, la pobreza extrema, la miseria, la apabullante penetración del narco tráfico, en amplios sectores de la sociedad costarricense.

Hoy, lo que veo, otros verán otra cosa, es un país fragmentado, con grupos dispuestos a desbaratar en tiempo récord todo lo que en el pasado nos dio resultados; ardida coyunturalismo y de un “presupuestalismo dogmático” (que impide el sentarse y pensar un proyecto de país, unido,  de hacer lo que hizo la generación  postrevolucionaria de 1948); un país cada vez más intolerante, “desciudadanizado”, alejadísimo de la polis cultural o del dictum del primer Figueres “del para qué tractores sin violines”, un país muy agredido por la inoperancia política y por la violencia salida de su vientre, un país un segregado, dividido, con todos los ingredientes y los condimentos necesarios para alistar este platillo exclusivo (y lamentable) de la demagogia adobada de un creciente populismo. O Viceversa. La situación viene de lejos, desde finales de los años setenta. Esto no es nuevo.

 

5. ¿Qué se espera de la literatura y el arte?

En honor a la enorme tradición, se espera un quehacer literario cercano a los problemas de la polis, de los eventos que a todos nos atañen, es decir, de la política y de la ciudadanía. Se espera que la novela y el novelista metan el dedo en la llaga del poder, que revele sus excesos, sus miserias, sus debilidades y sus yerros. 

Creo que la literatura cambió de punto de vista, modificó sus áreas de abordaje y de interés, no fue inmune a los cambios en la cultura en donde lo público y lo universal cedieron su espacio a lo privado y lo particular. Una reclusión en lo personal y lo privado, desde luego que tiene implicaciones en el devenir de la polis. Expongo una serie de cambios y transformaciones que pueden servir de excusa o razón suficiente para que los escritores vuelvan la mirada hacia lo que pasa en el país:  

El advenimiento de la revolución informática y el impacto en las formas de socialización, información, conocimiento; sus efectos en la política (no siempre positivos) en la democracia, en la forma de integrarse y a la vez de aislarse, en el efecto ilusorio de ciudadanía y de la participación:

  • La globalización de la economía, del poder, de la cultura.
  • El debilitamiento del pacto social y democrático surgido a partir de la revolución de 1948.
  • El aumento de la desigualdad, de la pobreza, de la fragmentación social.
  • La pérdida de energía utópica de la política como forma de integración.
  • La corrupción institucional (política, judicial, bancaria, municipal) como una especie de demiurgo que socava las bases de lo que alguna vez se llamó la legitimidad de la política y de la democracia costarricense
  • El enorme desarrollo de la cultura narco (digo cultura, no problema) que incluye el tráfico y trasiego de drogas, pero también el sicariato como un negocio aledaño, que ha “integrado” a enormes contingentes sociales golpeados unos por la pobreza y la desigualdad, y a otros, por el enorme poder de seducción de masas enormes de dinero mueve esta cultura. Lo peor es ya su normalización en sectores y grupos de la población que ha sido reclutada por las mafias.
  • El reinado de la cultura del espectáculo, que ha permeado todos los ámbitos de la sociedad, en donde la literatura y la cultura no ha sido la excepción, para modelar lo que Daniel Bell (1976) llamó la “estetización de la existencia social”.
  • La crisis de los metarrelatos y los cambios (en los ámbitos cultural y social) que introdujo la postmodernidad como época, no así como estética (campos que no debemos confundir).

Aquí me detengo porque creo que este es una variable de orden cultural que atraviesa a la esfera estética y que ha tenido implicaciones sobre la concepción, el sentido (y el no sentido) del arte y de la literatura, y especial de la literatura de los últimos decenios. A mi criterio, ha vaciado a la literatura de su contenido crítico – no digo ideológico – capaz de interpelar desde los dispositivos propios de la creación a estado de cosas, a una sociedad que parece derrumbarse frente a nuestros ojos:

El primer rasgo del pensamiento post es ser un pensamiento débil, que no quiere ser utilizado para transformar “la realidad”, sino que pretende vivir esa realidad en el mero presente. Postula la absolutización absoluta del presente. Es un estetismo presentista, que vindica la vivencia de lo que hay y de lo que es. Renuncia a la idea de la emancipación de la sociedad y de la promesa de la libertad, tan importante para el proyecto moderno. Hay que caminar hacia su olvido. La postmodernidad, en términos históricos, estaría entendida como un tiempo sin horizonte histórico, sin orientación ni telos, es decir, sin visión de totalidad.

Vivimos los tiempos de la postverdad. Nos encontraríamos por vez primera ante el fenómeno de que la historia ha dejado de ser real.  Nos hemos salido de la historia. Ya no tenemos horizonte donde ubicar lo real. Hemos perdido la percepción de lo real. Sin contexto no hay significado, sin orientación, sin telos, sin marco de referencia la historia no existe.  Vivimos en la inmediatez, en el presente, moviéndolos de aquí para allá, pero erráticos. Sin horizonte. Las redes y el internet socavan al tiempo y al espacio. La datación de un hecho ahora se produce en la simultaneidad.

En el campo de la sexualidad vivimos la postsexualidad, en donde el sexo biológico (y su desarrollo evolutivo) ya no define la identidad sexual (hombre y mujer), sino que la identidad es un artefacto que es posible de diseñar a través de los dispositivos de la cultura. La identidad sexual sería más una decisión individual, que respondería a la autopercepción en materia de sexualidad, que propende, una vez admitida, a sobre ponerse a la definición biológica con la que se nace, para ser modificada mediante intervenciones que modifican los órganos sexuales. La mente estaría a tono con la modificación sexual.

 

6. Conclusiones

Como fenómenos adyacentes o coetáneo a la postmodernidad y la postverdad apareció la postpolítica: el socavamiento de la voluntad soberana que se expresaba a través del voto, perdió poder, está diluida por los poderes que están fuera de la política: las élites tecnológicas, económicas y políticas. La aldea virtual nos colocó en el tiempo de la simulación. El encuentro con las otras personas, la comunicación con el otro, se da mediada por la tecnología. Nos relacionamos a través de imágenes. Las imágenes son el sucedáneo de la realidad. Por tanto, hay un socavamiento de las relaciones que constituían lo humano. Lo real es ahora un simulacro de lo real.

 

7. Referencias

Arenas, R. (1990). Antes que anochezca. Círculo de Lectores.  

Asturias, M. Á. (1946 / 2000). El señor presidente, ed. G. Martin. Allca XX.

Bell, D. (1976). The cultural contradictions of capitalism. Basic Books.

Berger P., y Luckman Th. (1966). The Social Construction of Reality: A Treatise in the Sociology of Knowledge. Anchor Books.

Canfora, L. (2011). El mundo de Atenas, trad. E. Dobry. Anagrama.

Dobles, F. (1950). El Sitio de las Abras. Editorial del Ministerio de Educación Pública.

Edwards, J. (1973). Persona non grata. Barral Editores.

Fallas, C. L. (1941 / 2023). Mamita Yunai, ed. J. Urrutia. Cátedra.

Fonseca, R. (1990). Agosto. Editorial Dom Quixote.

Fuentes, C. (1962). La muerte de Artemio Cruz. Fondo de Cultura Económica.

Gil Fernández, L. G. (Intr., trad. ns), (2011). Aristófanes. Las Nubes. Las avispas. La paz. Las aves. Gredos. 

  • (Intr., trad.), (2011). Aristófanes. Los acarnienses. Gredos. 

Heródoto. Torres Esbarranch, J. J. (Trad., ns.), (1990). Historia de la Guerra del Peloponeso. Gredos.

Lyra, C. (1931 / 1998). Bananos y hombres. Editorial de la UNED.

Manrique, J. (1945 / 1983). Coplas a la muerte de su padre. Castalia Ediciones.

Marmol, J. (1851 / 2000). Amalia, ed. T. Fernández. Cátedra.

Roa Bastos, A. (1974). Yo el Supremo. Editorial Siglo XXI.

Rivas, H. (1988). Esa orilla sin nadie. Ediciones Guayacán.

 


NOTAS 

[1] Poeta, sociólogo, asesor parlamentario y profesor en la Universidad Nacional de Costa Rica. En poesía ha publicado Duelos Desiguales (2012, EUNED,), Oficio de Ciegos (2014, Arboleda Editores), Apuntes para un Náufrago (2017, Editorial Letra Maya), Áspera noche (2019, Letra Maya) y Ciego de noche (2023, Letra Maya), así como artículos académicos y publicaciones sobre Cultura, Política y Sociedad en diversas revistas nacionales e internacionales. Además, en 2021 fue premio Nacional Aquileo Echeverría en novela por su libro Los papeles de Chantall.

[2]  Tucídides, II, 65, 9: λόγῳμὲν δημοκρατία, ἔργῳδ᾿ὑπὸτοῦπρώτου ἀνδρὸςἀρχή, como se cita en Canfora (2011, p. 8).

[3]  En Tucídides II.37-39, trad. Juan José Torres Esbarranch (1990).

[4] Puede descargarse a través de este link: https://www.archivonacional.go.cr/index.php?option=com_quix&view=page&layout=iframe&tmpl=component&id=114

[5] Aparece como epígrafe del cuento “Estefanía”