FRANCISCO JÁCOME-GARCÍA | REVISTA AJKÖ KI No 4

 

LOS MURMULLOS           

                                          A Yiyita                                                                                                                                     

 

Y no teman a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma;                                      

más bien teman de aquel que puede hacer perecer tanto el alma                                                      

como si el cuerpo estuviera en el mismo infierno                                                                      

  MATEO 10:28

 

 

—¡Se llevaron a mi hijo!– gritaba Damián con sus ropas abrasadas, entre las calles de Aldama, un poblado ubicado a las faldas del Cerro de Pizarro.                                                Gritaba con dolor, intentando desahogarse de lo que sus ojos acababan de mirar.
Las mujeres y los niños desde sus ventanas lo veían penar. ¡Escóndete! Escuchaban todos esos niños y jóvenes para advertir un posible rapto.

—¡Se llevaron a mi hijo, Rosendo! Gritó mientras golpeaba la puerta de cristal de la funeraria de Rosendo, un joven de 20 años, quien era como un roble, de aquellos con los que él mismo fabricaba ataúdes para luego venderlos. Oficio al que se dedicó su padre. Damián le hizo señas para que pasara y, al entrar, como si fuese un niño explicando una pesadilla le dijo:

—¡Se llevaron a mi hijo, Rosendo! Cuatro bolas de fuego rodearon su cuna. El calor no me permitía sacarlo de ahí. Me quemaron la ropa cuando lo intenté. Una de las bolas le sacó el aire, le sacó su almita y se llevaron su cuerpo. Una de las bolas le sacó el aire, le sacó su almita y se llevaron su cuerpo. ¡Brillaba, Rosendo! Su almita brillaba. Pero no pude agarrarla, se me deshizo en las manos y se esfumó en el aire. Esas cabronas se llevaron su cuerpecito. ¿Para qué chingados les va a servir un cuerpecito de su tamaño, Rosendo? Su almita debe estar penando en el pueblo, perdida. El alma de mi niño está perdida y su cuerpo se lo llevaron.

Así se llevaron a tu papá. Yo también lo vi. Pero su alma no la encontramos. ¿Te acuerdas, Rosendo? No, qué te vas acordar. Si eras un chamaco, como mi hijo, esa edad has de haber tenido. ¿Ahora qué hago, Rosendo?                                                                                 Salió de la funeraria sin esperar o buscar una respuesta, se sentó bajo un poste y consternado, miró al cielo, retando a quien fue, hasta ese momento, su dios.

Y dejó a Rosendo con sus pensamientos entre cajas vacías.

Lo que decía Damián era cierto. A su padre también se lo habían llevado las brujas, esas cabronas bolas de fuego. Les dicen “Las brujas”, pero nadie las ha visto en forma humana. Les dicen “Las Brujas”, pero a nadie le consta que sean mujeres.
La funeraria era más bien un local decorativo de la calle principal de Aldama. Desde hace mucho no moría nadie. Sólo se los llevaban las brujas. Y la gente rezaba para liberar las almas de sus seres amados, almas que muchas veces se quedaban atoradas en un árbol, entre los remolinos de polvo en los llanos o suspendidas en el aire. La gente les rezaba, salían a las calles o donde se encontraban las almitas y a base de ruegos, salmos y cantos, las almitas se desfiguraban elevándose hasta las estrellas. La gente gritaba los adioses. “¡Adiós mamacita!” “¡Adiós papacito!” “¡Adiós mi’jo”, “adios mi’ja!”.Muchas veces los niños del pueblo corrían sobre las calles, siguiendo desde abajo a las almas que se elevaban. ¡Adiós! ¡Adiós! Gritaban y corrían los niños, mandándoles besos tronados hacia esas almas, quienes se dirigían a algún lugar, de esos que nadie conoce. Esa era su manera de despedirse, porque jamás volvían a ver los cuerpos.

Por eso ya no había clientes en la funeraria de Rosendo. De vez en cuando algún viejillo muerto por causas naturales, pero era uno entre cien habitantes.
A las 19:00h en punto, Rosendo cerró su negocio y se fue caminando a su casa. Una casita sola, tan vieja y descarapelada que a primera vista parecía deshabitada. Ya no recordaba a su mamá, le dicen que desapareció. Pero nadie sabía si fueron las brujas o fue por su propia voluntad al huir de ellas. La gente dice que buscaron y buscaron su almita por todos lados y jamás la encontraron.
Al caminar la cuesta, Rosendo sintió que uno de sus pies se quemaba. Era una flama de fuego que apareció ahí, de repente, en su bota derecha. Extrañado se pisó con su otra bota para apagarlo, pero ahí seguía, no se apagaba. Corrió y el aire deshizo el fuego.
Siguió caminando. Las calles estaban solas. Los perros parecían los únicos habitantes de Aldama.

Rosendo sintió mucho calor en su espalda. Es calor por correr, pensó. Pero el calor se hacía más y más presente. El aire era frío, pero sentía calor sofocante. Volteó y nada. Siguió caminando y el calor lo perseguía. Volteó de nuevo y nuevamente no había nada.                                                                                                                                                La calle vacía. Corrió, corrió para escapar de ese calor chocante, hasta detenerse de golpe, voltear rápidamente y caer bocabajo al recibir ese golpe de calor.                              

Y Rosendo tendido en la calle, soñó.

Todo era oscuro. Se escuchaban los murmullos. Hasta que una voz que no era de macho ni de hembra, habló:

El alma de su padre está penando como a diez pasos a partir del sauce llorón que está junto a la estación de policías del kilómetro 27 de la carretera nacional. No nueve porque encontrará la de otro hombre, no once porque encontrará la de una mujer. Cuente diez pasos. Vaya solo, Rosendo. Vaya solo.
Si quiere liberar el alma de su padre, cuente diez pasos.

El sueño cesó. Rosendo despertó de golpe al sentir el calor en su espalda incendiándose. Se levantó rápidamente, se quitó su chamarra y la azotó en el piso apagando el fuego.
                                                                                                                                                      Estaba solo en medio de la calle. Los perros aullaban.

Al amanecer, Rosendo decidió que iría a liberar el alma de su padre. Un padre a quien ya no recordaba en lo mínimo. Solamente conservaba una foto que perteneció a la cartilla militar de su padre, aunque en realidad se parecía más a un retrato de Rosendo. Eran iguales en facciones y en color de piel. Rosendo veía los dieciocho años de su padre desde los veinte años de él.                                                                                                              Guardó en el bolsillo de su camisa esa fotografía, una estampa de San Juan Bautista y veinte pesos para comprarse un refresco en el camino.
Se subió a su camioneta y recorrió alrededor de veinte kilómetros. A su paso miró a lo lejos la población escarpada de Los Altos, que dicen fue fundada por un cacique con sus cien hijos y cincuenta esposas.

Miró la laguna de Alchichica, donde dicen que el 24 de junio, en día de San Juan, se abren las aguas y se tragan a quienes estén allí, llevándolas a un terreno desconocido. Dicen que son sirenas, que son almas acuáticas en pena, que son brujas. Para mí es gente tonta que no sabe nadar y se ahogan, pensó Rosendo, quien iba a una cita porque en un sueño unas brujas le dijeron que fuera a liberar el alma de su padre. Ese incrédulo y valiente Rosendo.

Se detuvo en una miscelánea, compró un refresco rojo de botella de vidrio y siguió su camino.                                                                                                                                       —¿A dónde vas?—le dijo el empleado de la tienda.
—Voy por mi papá— respondió Rosendo ya desde su camioneta.
—Pero si a tu papá ya lo mataron, Rosendo.                                                                         —No lo mataron, nomás le sacaron el alma.
                                                                                                                                             Respondió mientras sonaba en la radio una canción de Cornelio Reyna.

Yo no sé si alguien tenga más penas,                                                                                     como las que tengo, lo puedo jurar,                                                                                            es que a mí me apretaron el alma,                                                                                             me hallaron el lado, de hacerme llorar.

Subió el volumen y cantó.

Sólo yo llevare mi tristeza,                                                                                                       bien rodeada de mi corazón,                                                                                            aunque me hagan reír, yo no puedo,                                                                                             es que llevo clavado un dolor.

 

 

Rosendo estacionó su camioneta en medio de la carretera, junto a la estación de policías. Contó diez pasos a partir del sauce llorón: uno, dos, tres, cuatro, cinco, los murmullos se colgaban en su espalda, seis, siete, ocho, nueve, los murmullos cesaron, diez.

—¡Ya sé que no estás aquí. Dijo abatido Rosendo.                                                                             

De entre los árboles, luces radiantes se asomaban. Eran ellas, las brujas.

—¡Mi cuerpo no les va a servir todo chamuscado! gritó Rosendo.                                     

En sus manos sujetaba una garrafa de gasolina y la roció sobre su pecho y piernas. De su bolsillo sacó una caja de cerillos, prendió uno, pero el miedo lo amenazó y lo tiró lejos de sí. Y lloraba, Rosendo lloraba de miedo.
Prendió un segundo fósforo y pensó en inmolarse de una vez para liberar su alma y quemar su cuerpo antes de que las brujas lo hicieran. De todos modos lo harán ellas, pensó. Las luces sofocantes cada vez se hacían más presentes, y Rosendo llevó a su pecho el fósforo prendido. Inmediatamente su pecho se incendió y su cuerpo cayó al suelo, ese cuerpo chamuscado que ya no sirvió de nada, mas que para hacer el bien no sediendo al mal.

(Inédito. Cedido para efectos de esta publicación). 

 

 


Francisco Jácome-García (México, 1995):  Se ha desempeñado como director teatral, actor y dramaturgo. Es egresado de la Facultad de Teatro de la Universidad Veracruzana. Recibió el premio Raíz México por su obra teatral El Edén de las Musas (2021) y el premio a la producción escénica por su obra El Ferrocarril de Pacona(2023). Publicó su primer libro La Bohemia, antología de poesía xalapeña del siglo XIX en 2022. Actualmente es residente en la Fundación Antonio Gala para jóvenes creadores en Córdoba, España.

 

CURADURÍA: Yordan Arroyo (Costa Rica).