ÁLEX REYES | REVISTA AJKÖ KI No 4

ÁLEX REYES | REVISTA AJKÖ KI No 4

 

DESOLACIÓN

 

            —No amainará pronto.

            —Yo sé que no, mujer, yo sé que no. ¿Ya escuchaste a los vecinos?

            —¿Y tú crees que se puede hacer otra cosa?

            Ella arrugó la mirada y volvió a la cocina arrastrando su tristeza por el suelo. Antes, se aseguró de que no la siguiese, de que no estuviese cerca yo ni el bramido tardío del viento. Necesitaba estar a solas, estar a salvo, sellada en su silencio de piedra. El mismo silencio que había habitado desde que le prendieron fuego al monte, ese fuego emperrado que mordió más tarde las faldas del cerro. Pronto no hubo más que una luz lamiendo día y noche cuanto se le pusiese enfrente.

            Pero qué vas a entender tú, Arcadio, decía mi mujer, tú que no sabes lo que me ha costado levantar estas tierras. Qué vas a saber tú de amar este pueblo, insistía, si el esfuerzo ha sido solo mío. Es todo lo que tenía, Arcadio, y ahora qué haré, qué voy a hacer cuando me falle la memoria, cuando el recuerdo me traicione y apenas me vengan a la cabeza imágenes rotas, trozos de una vida que no sabré ni siquiera si ha sido o no la mía.

            Y yo le decía: mujer, entiende que por aquí no volverá a crecer nada, ni el remordimiento, ni la saña, mira que aquí no cabe ni una lágrima, ni siquiera una gota de desprecio. Esto ya se acabó. Se lo han llevado todo. Y mientras escuchaba, mi mujer miraba a la gente corriendo por las calles con las crías envueltas en rebozos, la gente atropellada por el miedo, volcada en todo su desgobierno. ¿Ya lo ves?, ladraba yo, mientras señalaba el campo ardiendo, el campo como un sol revolcándose en estas tierras. ¿Ya lo ves? Y allí estábamos, con el espanto pegado a la boca, viendo cómo la lengua bífida de las llamas lamía y relamía los árboles. 

            Aquella luz era tan intensa que nos hirió la mirada.

            Una luz monstruosa, como seguro debía ser la mirada de Dios.

            Esto ya no les sirve tampoco a ellos, mujer, le dije yo, y ella, pero yo sabía que no era buena idea, que no debíamos dejarlos pasar, porque yo les vi en los ojos toda la maldad, toda la ponzoña que nunca corrió por estos suelos; ya te lo digo yo, Arcadio, en un ojo cargaban el desprecio y en el otro guardaban ya el puñal.      

            Entonces, le dije yo: ¿y qué piensas hacer ahora?

            Ella miró el cielo cubierto de humo sin decir nada, como si la nostalgia le hubiese sellado la boca.

            Esa noche no habría estrellas

            sino una oscuridad ponzoñosa,

            una oscuridad hambrienta y húmeda

            como la garganta de un perro;

            y un viento suave,

            suave y liso

            barriendo las cenizas.

            Esa noche, Dios meció su mano blanca sobre el suelo. 

 

Todo esto ocurrió en el verano de hace un año. Ya nos lo habían advertido: si no era por las buenas, nos sacarían a la fuerza. Si no era para ellos, entonces para nadie.

            Querían las tierras,

            levantar aquí sus edificios,

            llenar de cemento las parcelas,

            aplanar la hierba,

             achacar la música de los pájaros,

            ya habían vaciado su basura en el río,

            ya los peces flotaban bocarriba

            con los ojos abiertos,

            con esa mirada brillosa que masticaba la muerte,

            ya los coyotes no bajaban a tomar agua, ni los buitres volaban cerca;

            de eso ya no quedaba nada,

            nada más que un triste suelo tupido de piedras.

            —¿Sabes qué, Arcadio? Tienes razón, ya no hay nada que salvar aquí —me dijo mi mujer con un aire de resignación—. Dios ya no mira más por este pueblo, y por algo ha de ser.

            —Eso es —le dije yo—. Ese hijo de puta mira hoy para otra parte.

            Mi mujer se quedó quieta, de pie, frente al follaje chamuscado, y miró el cielo hinchado de nubarrones. Me pregunté si lo que decía era pura inquina, puro desprecio que tenía amarrado al pecho, la acumulación de tanta vida pasada por alto, pero entonces vi su mirada entristecida y dentro de ella todo lo estropeado, lo que nunca volvería a ella ni a este pueblo. No se lamentaba por lo que había perdido, sino por todo lo que le haría falta al mundo.

            —Desde el principio nuestra suerte estaba echada —dije yo, y me puse a hacer las maletas.

            Mi mujer asomó la cabeza por la ventana de la cocina. El viento pesaba a esa hora. Sobre las cumbres empedradas se levantaba una lengua gris; bajo ella estábamos nosotros, acurrucados en ese pájaro llamado incertidumbre. En un ala aguardaba el miedo, en otra estaba enquistada ya la rabia.

            Se hacía de noche y no había luna, sino puro humo barriendo la poca claridad que sobraba.

            Esa noche no volvimos a escuchar la música de las estrellas.

           

Atañido por la insistencia de mi mujer, tanto por un viejo presentimiento, nos mudamos días después a otro pueblo aledaño. A capricho de ambos, volvimos de vez en cuando a estas tierras. Nomás para contemplar el desastre.

            —Mira, hombre —dijo un día mi mujer, alzando el índice sobre su hombro—, más allá empieza el mundo.

            Apuntaba detrás de un llano empedrado. Era primavera y algunas plantas pujaban allí con esfuerzo.

            —Allá empieza, mujer —le dije yo—, allá empieza.

            Pero ya no hay nada que hacer aquí, pensé yo, con esa pesadumbre tan mía, con esa angustia que me estrujaba la espalda, ya no hay nada, ladré para mis entrañas, mirando allí, donde antes corrieron mis caballos, donde antes pastoreé a mis ovejas, allí, en esa tierra negra y triste, donde le pegué un tiro al cielo para reprender a Dios, para decirle que mantuviera a sus criaturas lejos de las mías, porque en estas tierras solo gobernábamos quienes sabíamos trabajarlas.

            Mi mujer llevaba una bolsa en un brazo y un rebozo amarrado detrás.

            —Anda, echa acá —le dije—, te vas a descuadrar la espalda.

            Ella anduvo en línea recta hacia el llano empedrado. Al cabo de un rato se hincó y abrió las bolsas, luego se limpió la nariz con el antebrazo. 

            —¿Ahora qué haces, mujer?

            Y ella, trastabillando, con esa mirada húmeda y llena de heridas, me dijo sonriendo a punta de esfuerzo:

            —Vamos a sembrar, Arcadio, que esta noche hay buena luna.

            Vamos a sembrar, repetí para mis adentros, con la esperanza ciega del que ve la luz en el corazón de la herida. 

            En aquel lugar donde alguna vez estuvo nuestra casa, ahora solo quedaba un par de árboles tumbado uno encima del otro, en forma de cruz, como el cristo de las iglesias.

            Mi mujer miró el cielo y dijo entonces: esas nubes nos harán el milagro. Mira que Dios ha vuelto la mirada a nosotros, Arcadio, y yo asentí, más por pena que por un buen augurio, yo asentí y le torcí una sonrisa.

            Ese día llovió a cántaros, llovió

            sobre esa cáscara triste

            que era el pueblo. Llovió,

            pero la tierra ya estaba muerta,

            como debía estar Dios,

            como empezábamos a estar nosotros.

           

(Inédito. Cedido para efectos de esta publicación).


Álex Reyes (México, 1997): Estudió Letras Hispánicas en la Universidad Autónoma Metropolitana. Ha publicado poesía, cuento y artículos de opinión en diversos medios electrónicos e impresos. Fue escritor residente de la XXI promoción de la Fundación Antonio Gala. Su primera novela Lo que no podré vivir (Trajín, 2022; Letras del Sur, 2024; Distrito 93, 2024) se adaptará próximamente al teatro. Fue acreedor del segundo Premio Pérez-Taybilí de relato por «Lo que nunca sirvió de nada». Su poemario, Luz en retirada, ganó el IX Premio Valparaíso de Poesía. En 2024 obtuvo la Residencia para Escritores de la Toji Cultural Foundation, Wonju, Corea del Sur, Ciudad de la Literatura de la UNESCO. Actualmente vive en Madrid.

 

CURADURÍA: Yordan Arroyo (Costa Rica).