JAUREGUIZAR | REVISTA AJKÖ KI No 4

JAUREGUIZAR | REVISTA AJKÖ KI No 4

 

UN RELATO INÉDITO DE JAUREGUIZAR, PRECIDIDO POR UNA INTRODUCCIÓN A LA LITERATURA GALLEGA

 

1. Galicia, la sociedad cuentista. 100 años de relato en la literatura gallega

Por: Nicolás Carreira[1]

 

 

En Galicia, con no poca frecuencia, se suele decir que dos personas han quedado para verse y “botar un conto”. La traducción literal de esta expresión sería “echar un cuento”, lo que comúnmente significa charlar, ponerse al día de diferentes cuestiones o, con más sencillez, llenar el silencio relatando algo sucedido o que le han comunicado.

Sin embargo, algo tan nimio como una expresión que ha atravesado siglos y generaciones sirve para dimensionar la unión de la sociedad gallega y la literatura. En especial, el relato, o como siempre se le refiere aquí libre de cualquier connotación infantil, el cuento. Podría decirse, tomando especial atención al último siglo de producción literaria en gallego, que hay una deriva cuentista de hondo calado, capaz de crear tanto una escuela escrita como una oral. De hecho, Galicia cuenta con la figura del contacontos (trad. cuentacuentos), un oficio en vía de extinción y gran relevancia social en el pasado.

Tomando los 100 años hasta el presente de literatura gallega y en gallego, una diferenciación clave que servirá para orientar el siguiente artículo en cuanto a autores y ejemplos, puede trazarse una línea no siempre recta que muestra una evolución, tanto temática como de forma, pero también la condensación de una identidad literaria que pervive.

A pesar de que la producción literaria en Galicia es de las más antiguas y reconocidas, en especial gracias a la lírica galaicoportuguesa, es innegable que la represión lingüística sufrida y los posteriores movimientos de rexurdimento(trad. resurgimiento) han afectado tanto a la cantidad como a los tropos de las obras. Por ello, ante las evidencias de las que se dispone, los siglos XX y XXI pueden destacarse como eras de calidad en la línea del tiempo general de la literatura gallega y en gallego.

Atendiendo al relato en exclusiva, es necesario iniciar este estudio con la obra Dos arquivos do trasno (trad. De los archivos del trasno) de Rafael Dieste. Este conjunto de relatos publicados en 1926 llevaba como subtítulo la aclaración “Contos do monte e do mar” (trad. Cuentos del monte y del mar). Supuso la aparición de Dieste en el panorama artístico del momento y el despertar de uno de los talentos más inclasificables de la producción gallega. Gracias a este libro de relatos y su texto para teatro A fiestra baldeira (trad. La ventana vacía), el mundo editorial abandonaba su fijación por el ruralismo y se abría a la experimentación. En cierto modo, la modernización y puesta a vanguardia de la literatura en Galicia no puede entenderse sin el trabajo de Rafael Dieste.

Otro de los nombres indispensables para Galicia en el plano cultural y político es Castelao, culpable también del avance fugaz de las artes en el terruño al que consideró su país. Nacido en el pueblo de Rianxo, al igual que Rafael Dieste y el poeta Manuel Antonio, Castelao permanece como un icono atemporal gracias a su alta comprensión de su sociedad, pero también de sus posibilidades. Consciente de las limitaciones impuestas por el analfabetismo y respondiendo a un impulso artístico propio, Castelao fue capaz de crear un estilo propio de relato rara vez similar en toda la producción europea del momento.

Cuando Cousas (trad. Cosas) salió al mercado en 1926, su narración ya había sido presentada en prensa a lo largo de los años anteriores. En realidad, este volumen es una recopilación que se ampliaría con material original en 1929. Cousas es una obra clave en la literatura gallega porque es una interpretación completa de Galicia, en la cual se incluyen los personajes marginados y una fecunda exploración de los problemas socioeconómicos.

Además, Cousas es la condensación de Castelao. Es, en el significado concreto, su estilema. Eso se debe a la suma del lirismo habitual que se combina con el potente uso del humor, en especial la retranca, el cuidado uso de la palabra y del símbolo, la concisión, la brevedad de la frase y, en último e importante lugar, el acompañamiento pictórico. En este volumen de relatos, cada una de las piezas cuenta con un dibujo propio que no puede disociarse del texto porque funciona como material literario.

Al igual que Castelao, Ramón Otero Pedrayo fue uno de los más ilustres escritores, pensadores y políticos dentro del sistema cultural del siglo XX en España. Ambos, miembros de los movimientos galleguistas Irmandades da Fala y, especialmente, Grupo Nós, una asociación clave para la literatura en Galicia porque situó la intelectualidad gallega a la altura de su anterior cumbre, allá por la Edad Media. Debido a su formación, Otero Pedrayo se consolidó más en el campo del ensayo, la narrativa o la revisión histórica.

Aunque sus ficciones más conocidas sean Arredor de si (trad. Alrededor de sí) y O mesón dos ermos (trad. El mesón de los yermos), entre otras, Otero Pedrayo mantuvo una relación íntima con el relato breve. Destaca en un primer momento con Contos do camiño e da vida (trad. Cuentos del camino y de la vida), publicada en 1936, pero continúa esta faceta con Entre a vendima e a castañeira (trad. Entre la vendimia y la castañada) y O Maroutallo (trad. El Maroutallo). En su obra, la Galicia sufridora, rural y de noble pasado se antepone a su contexto sin discriminar la cultura, la costumbre o sus propios sentimientos.

La Guerra Civil en España tuvo diferentes consecuencias en su geografía. Uno de los efectos más inmediatos que se vivió en Galicia fue el exilio político y, posteriormente, el forzoso por cuestión de pobreza, hambruna o necesidad. Las migraciones y reclusiones en el extranjero, especialmente en Latinoamérica, vertebran gran parte del contenido literario del momento, hasta el punto de que las mayores editoriales en gallego se ubicaban, por ejemplo, en Buenos Aires o La Habana. Además, el idioma de los escritores queda prohibido y se impone el castellano, por lo que muchos de ellos permanecen sin producción. Sucede entonces una etapa de fractura en la esfera literaria.

En la década de 1950, la tensión se relaja, pero el sistema queda fuertemente dañado. Es necesaria una renovación dentro de los límites peninsulares y no solo al otro lado del océano Atlántico. Si Rafael Dieste era el gran experimentador, Castelao se convirtió en el padre de la patria y Otero Pedrayo fue considerado el patriarca de las letras gallegas; una figura similar debía alzarse. Así, Álvaro Cunqueiro pasó a ser considerado un maestro de cuentistas y otra personalidad clave del siglo pasado.

Cunqueiro fue un creador total en todos los géneros literarios, vanguardista hasta el punto de capitalizar el neotrobadorismo, y conservador gracias a su fijación por la Galicia rural, su idiosincrasia y, en especial, la importancia de la literatura oral, de gran influencia en su obra. En el trabajo de Cunqueiro se cruzan personajes del ciclo artúrico, los mitos griegos y otras fuentes históricas, pero adaptados a su geografía propia y a una imaginación fantástica única. De hecho, se dice con frecuencia que el posterior boom de realismo mágico realmente ya existía en Galicia y, en concreto, en la obra de Álvaro Cunqueiro. Para él, la verdad es indisoluble de la fantasía.

Ampliamente reconocido por su prosa en Merlín e familia (trad. Merlín y familia) o As crónicas do Sochantre (trad. Las crónicas del Sochantre), la relación de Cunqueiro con el relato es amplia. Se concentra a nivel editorial en tres tomos brillantes que se sitúan entre lo mejor del siglo XX: Escola de Menciñeiros (trad. Escuela de Curanderos, 1960), Xente de aquí e de acolá (trad. Gente de aquí y de más allá, 1971) y Os outros  feirantes (trad. Los otros feriantes, 1979). Mantuvo vivo el pulso del cuento ampliando su dimensión a nuevos territorios e introdujo lo fantasioso como un elemento más, sin olvidar a su pueblo.

También en los años 50 irrumpe un talento curioso, más irregular en términos de producción pero de importante calado por su temática. En 1953, Ánxel Fole recoge el costumbrismo espiritual de Galicia y lo pasa a un plano tétrico con su volumen de relatos Á lus do candil (trad. A la luz el candil). Esta aproximación a lo ahora llamado terror folk sucede con tanta antelación en la literatura gallega gracias a la transmisión oral, una forma literaria de gran calado en Galicia y con predilección por cuestiones paranormales o fantásticas.

Fole revitaliza los miedos comunes, como los lobos, generando atmósferas opresivas y situaciones límite, rasgos también presentes en los libros de relatos Terra brava (trad. Tierra brava, 1955) e Historias que ninguén cre (trad.Historias que nadie cree, 1981).

La década de los 60 fue fundamental para la literatura gallega en general, aunque con especial interés en lo tocante al relato. Tras la libertad conquistada de publicar en el idioma, otros autores se aventuraron a ello y con el aumento del cupo de firmas, también hubo un progreso temático. Así, nuevos talentos y viejos iconos se encontraron a ambos lados del océano Atlántico.

De esos años destacan cuatro títulos. Xosé Luís Méndez Ferrín publicó O crepúsculo e as formigas (trad. El crepúsculo y las hormigas) en 1962, y siguieron Eduardo Blanco Amor con Os biosbardos (trad. Las musarañas, 1962), Xosé Neira Vilas con Xente no rodicio (trad. Gente en el rodicio, 1965) y Carlos Casares con Vento ferido (trad. Viento herido, 1966). Méndez Ferrín, Blanco Amor, Neira Vilas y Casares son, a día de hoy, estandartes literarios estudiados por su originalidad, su capacidad de revolución, su análisis de la sociedad rural y urbana y por su uso del lenguaje, diferente en cada caso.

La escuela anclada a estos cuatro autores supuso a su vez la introducción de nuevas técnicas. Rupturas temporales, monólogos interiores, nuevas estructuras o prácticas de otras artes, como el cine, aparecieron de golpe en la producción de relatos. Y, en cierto modo, se renovaron las diferentes tradiciones literarias.

Puede decirse que Casares, al tratar lo fatal y violento de la sociedad, anticipó en cierto modo lo que Suso de Toro y otros autores capitalizarían como literatura punk, sucia o experimental, ya en los años 80. La Transición democrática en España supuso un parón cultural en sentido estricto y las artes se pusieron a disposición de la política. No fue hasta la eclosión de libertad en la década siguiente, con movimientos como la Movida viguesa, que se hizo patente el cambio. El rock, en el sentido más amplio, había llegado a Galicia.

En esa línea, Suso de Toro publica Polaroid en 1986 y aporta una nueva óptica desde la que tratar el relato. Para empezar, abandona el ruralismo como tema instalado y convierte a la ciudad en el escenario. También el pasado queda relegado y se apuesta por el futuro como horizonte temporal. Por su estructura y narración, se considera un libro abierto, gracias en especial a la capacidad del texto para crear significados y reconfigurarlos.

Paradójicamente, la década de los 80 es un germinar de corrientes literarias y el nacimiento de los próximos grandes nombres, que alcanzan el presente. Aparecen aquí los poetas malditos, los nuevos vanguardistas, los conservadores ‘enxebristas’ y los primeros posmodernos. Por lo que solo esta época necesita un análisis en profundidad.

De aquella eclosión se consolidan diferentes personalidades que evolucionan en los años 90. En el plano juvenil, de gran importancia dentro del sistema cultural en Galicia, Agustín Fernández Paz publicó Contos por palabras (trad. Cuentos por palabras) en 1991. Se sirvió de la imitación o exageración de artículos de prensa reales para hibridarlos con formas de fantasía compartidas por todas las generaciones.

En el ámbito también del relato, Darío Xohan Cabana apostó por este formato después del éxito de su novela Galván en Saor. Lo hizo con Vidas senlleiras (trad. Vidas singulares), una recopilación de la vida de cinco personajes heroicos y solitarios muy entregados a sus vocaciones. Heredero sin duda de la escuela iniciada por Álvaro Cunqueiro.

En 1995, Manuel Rivas, uno de los principales escritores españoles en la actualidad y el más célebre de las letras gallegas en presente, trabajó el relato con mucho éxito y desde una perspectiva más emotiva, sentimental e histórica. A lo largo de los 16 cuentos de Que me queres, amor? (trad. ¿Qué me quieres, amor?), los temas posmodernos se engarzan con el aspecto más humano. Consiguió el Premio Torrente Ballester y el Premio Nacional de Literatura con esta obra, de la que se extrae la excepcional pieza A lingua das bolboretas (trad. La lengua de las mariposas).

Al año siguiente, la escritora Marilar Aleixandre introdujo una nueva perspectiva apostando por la narrativa familiar, de los cuidados, la memoria y la óptica feminista. Lo logró con Lobos nas illas (trad. Lobos en las islas), una suerte de novela que se compone realmente de piezas sueltas que relatan vidas, relaciones y personajes. Tiene el mérito de ser el primer relato sobre violencia de género y sobre los fusilamientos de 1975 en la literatura gallega.

Ya en el cambio del milenio, el panorama cultural en Galicia afronta diversos retos. Si bien estilísticamente y por sus temas se había actualizado, los desafíos del milenio nuevo exigían tomar medidas. Por ello, la aparición de autores como Jaureguizar resultó clave. En el caso de Jaureguizar, lo innovador de su propuesta fue el humor abrasivo, la mezcla irreverente de géneros (del misterio a la farsa, la novela política o la ciencia ficción) en una misma obra y una proximidad intelectual a la vida contemporánea. Además, fue pionero en el uso del entorno web como nuevo medio literario con diversos proyectos.

Con relevantes trabajos como Casa Skylab o Cabaret Voltaire bajo su brazo, Jaureguizar decidió trabajar con el relato corto en Fridom Spik, un conjunto de piezas corrosivas que evocan tanto a las Cousas de Castelao como al lirismo de otros autores, sin temor a recurrir a su pulso literario rock tan propio.

Coetáneo y en la misma dirección, aunque con una producción más desigual, el escritor Cid Cabido se toma como alguien de culto, quizás un autor de autores. En su corta bibliografía todo se considera destacable, pero en lo relativo al relato debe hablarse de Fálame sempre (trad. Háblame siempre). En este volumen reúne a personajes en la cuerda floja para pasearlos por la línea particular de su humor. Una sociedad ya del móvil, retratada.

Finalmente, los avances sociales y políticos, así como la encarnizada lucha lingüística que mantienen los artistas con el estado vital del gallego como idioma, han marcado la última década hasta el presente. La convivencia de voces maduras y del siglo pasado se acompasa con la de nuevos narradores con intereses como la sexualidad, el individuo o la autoficción.

En 2017, Emma Pedreira publicó Bibliópatas e fobólogos (trad. Bibliópatas y fobólogos), una apuesta innovadora que reúne libros que tratan sobre libros y sus propiedades curativas para las personas que necesitan libros. Un volumen de relatos reconocido por su interesante perspectiva y un original uso de la semántica.

Sobre afectividades y modelos relaciones, el poeta Ismael Ramos obtuvo notable reconocimiento gracias a su primera incursión en la narrativa, con los relatos de A parte fácil (trad. La parte fácil). Todos los textos están atravesados por emociones contemporáneas y la dificultad de comunicación en la era de la hiperconexión.

Finalmente, Ledicia Costas ha dado el salto al relato en el 2024 con Un animal chamado néboa (trad. Un animal llamado niebla) sin perder sus rasgos más propios. Costas puede presumir de ser una de las autoras superventas de la literatura gallega contemporánea, en especial gracias a su ingente producción de obras infantiles y juveniles de amplia aceptación por su imaginativa interpretación del terror y la muerte. En este caso, retoma su público adulto y pone el foco sobre los horrores humanos en la Segunda Guerra Mundial y en el comportamiento durante situaciones extremas.

Como conclusión, resulta evidente que el relato es un género de honda profusión, relevancia y calado en la literatura gallega, especialmente en el último siglo. La evolución temática, estilística y formal permite estudiar a la sociedad en paralelo que acogía tanto a escritores como a sus obras. Sin perder de vista la oralidad o los orígenes. Para ello, existen cinco volúmenes recopilatorios que sirven como guía para analizar lo expuesto en este artículo: Contos do Castromil (trad. Cuentos del Castromil), Miño, Alguén nos lembrará (trad. Alguien nos recordará), O ano do tigre (trad. El año del tigre) y Unha liña no ceo (trad. Una línea en el cielo).

 

 

 

 

 2. Texto de Jaureguizar 

 

EL SIGLO DE LAS LUCES

 

Puede que no haya sido la mejor de las ideas, pero solamente te das cuenta de eso cuando te ves envuelto por las capas de un problema. Puedo imaginarme ahora como observado por un dron que yo mismo manejase, un par de metros por encima de mí, ¿en qué me fijaría? En la calva, en la barba discretamente gris, en la suave curvatura grasienta de la barriga que adelanta el resto de mi cuerpo, tan pesado de la vida ya vivida. El dron se ha quedado en el coche, junto al resto del equipo. No sé qué hora es. Sé que salí de A Coruña a las ocho de la tarde, con el sol queriéndose un zumo de naranja con maracuyá. Tendría un par de horas de la luz de San Juan para llegar a la pensión que había reservado en Invernés. Fue curioso. No tenía un solo comentario en Booking. Diré más. Fonda Suíza no aparecía en internet. El nombre sugería el orgullo de un gallego emigrado y regresado por un país que había conducido sus expectativas hacia la prosperidad. Tuve que llamar a un amigo de Lugo que trabaja en la Subdelegación del Gobierno para que me buscase una de aquellas guías gruesas y amarillas como el chop suey. Ricardo, le pedí, búscame el teléfono de una pensión en Invernés, que está en Muras. Qué raro, me contestó, sabía de un Invernés en Galicia, pero no en Muras. Vale, Ricardo, mírame eso, anda, que quiero dormir allí esta noche. Me dió el número. 982, prefijo de la provincia de Lugo, por lo que no sé en dónde está el otro Invernés. Visité un tercer Invernés llamado Inverness, con ese tono sibilantes de los escoceses impulsan las eses finales, en los años 70 porque el editor de una revista de fenómenos paranormales y fantasmas holandeses errantes me encargó una fotografía del Monstruo del Lago Ness, que no es tal monstruo, sino un dinosaurio acuático de aspecto cándido y tontorrón que lleva reproduciéndose por sí mismo desde la víspera del meteorito que aterrizó forzosamente sobre Yucatán. Llamé al teléfono que me había dado Ricardo y me salió al encuentro una voz cansada, aparatosa y católica. Fue una conversación construida con monosílabos.

Ahora camino entre la niebla, espesa y húmeda como un caldo. El GPS había dejado de funcionar, el iPhone era una caja negra de mi aventura, así que lo dejé en el coche con la esperanza de poder localizarlo cuando encontrase un taller que me llevase de vuelta. Hace frío. Sé que la ropa, una camiseta negra, un pantalón negro y un chaleco negro cargado de bolsillos para los objetivos de la Leyca, es ridícula para esta temperatura, pero es que dejé a Emma tomando el sol en la playa cuando salí de casa.

La caminata se me hizo larga coma una estalactita. Pero acabé por vislumbrar la silueta de un gigante al fondo de la niebla apagada. Me recordaba al Monstruo del Lago Ness. Bueno, no me lo podía recordar porque no existe, pero sí que me recordaba a mí mismo, en el hotel para turistas de Inverness recortando un libro infantil de dinosaurios para hacer un collage que sirvió al editor de Año Cero para una lustrosa portada con el furioso animal milenario bostezando agresivamente. Había varios coches aparcados sin orden ante la puerta. Entré en la casa, un desastre que sujetaba piedra sobre piedra en unequilibrio improbable, adornada de un musgo que no era invernal, sino perenne. El bajo estaba ocupado por un bar. Cuatro hombres redondos decidían las cartas a jugar por entre el humo de sus puros y un borracho eterno acariciaba una botella de coñac de la que se iba sirviendo de un modo compulsivo. El dueño de la casa paseaba de una frontera a otra tras el mostrador. Pateaba para pisar el frío y fregaba una mano contra la otra como si no estuviesen limpias. Mordisqueaba un palillo. Solamente él y un zorro se volvieron a mirarme. El animal estaba disecado, por lo que el dueño me preguntó por lo que iba a tomar. Un chocolate, dije. Un chocolate, repitió lentamente y con el perfume de burla.

Entró en la cocina para calentar la leche en una cazuela. Estuve pensando si tendrían camas, estuve pensando en que la fonda que había reservado no sería más parecida al hotel de Mondariz Balneario que la habitación que me pudiese dejar el hombre del palillo en la boca. Estuve pensando, al fin, que lo único bueno de haberme perdido en la niebla y en la noche era que dormir me saldría barato. Estuve pensando en que ganaría bastante dinero porque aquel encargo de fotografiar unas mariposas amarillas y única, que estaban en peligro de extinguirse como los dinosaurios que nadan en los lagos. Estuve recordando que por la mañana tenía que localizar al hombre que manejaba la excavadora. La empresa, Autasa, me había enviado un correo electrónico con un número correspondiente a un teléfono fijo para llamarlo. Un 982, prefijo de la provincia de Lugo. No vivía en Invernés, sino en Ribadeo, pero se acercaría. Su trabajo iba a consistir en levantar varios metros cuadrados de tierra y hierba, con sus mariposas amarillas revoloteando para que ellas no perdiesen su hábitat y para que los conductores de la costa ganasen unos minutos con la flamígera autovía. Debía fotografías la feliz traslatio.

Al salir, puso un vaso sobre un plato en el mostrador para llenarlo. Añadió un sobre amarillo de Cola Cao, una magdalena industrialmente proustiana envuelta en un plástico y dejó caer una cucharilla tintineante como la plata oxidada. Gruñó una onomatopeya que yo entendí como aquí tiene el señor su cacao, espero que le guste, o algo así, pero puede que ni siquiera tuviese la intención de ser tan amable.

Recuerdo llevarme el vaso a una de las mesas de mármol. Recuerdo que toqué la mesa por debajo y noté unas letras y una cruz, pero estaba tan cansado que no me permití preguntarme si eran lápidas robadas en el cementerio local. Recuerdo tener ese pensamiento en la cabeza. Recuerdo la luz del sol lastimándome en los párpados. Recuerdo abrir los ojos. Recuerdo el animal tirado en medio del bar, con las mesas retiradas en las que ya no había hombres prominentes jugando a las cartas ni el borracho que acariciaba su amor en una botella. Recuerdo la yegua acostada, aún respirando la niebla de la noche acabada, con su vientre abultado de maternidad y humeante. Recuerdo la grima de escuchar su estertor. Recuerdo salir corriendo de la casa. Recuerdo encontrarme de frente con el camión de un taller, cargando con mi coche como si estuviese preñado de vida y de luz.

 

(Inédito. Cedido por el autor para efectos de esta publicación).


Jaureguizar (España, 1965): Santiago Jaureguizar, firmante solo como Jaureguizar, es escritor y periodista, reconocido ampliamente en la esfera cultural gallega desde su irrupción a finales de los años 90. Aunque sus inicios se relacionan con el movimiento Bravú, pronto evoluciona hacia una perspectiva más moderna, en especial, con la vinculación a la sociedad en red, de la cual no queda descolgado. Su abrasivo humor y perspicaz mirada analítica lo emparentan con Cunqueiro, Castelao y otros autores europeos, especialmente franceses.

Ganador de diferentes premios, como el Xerais o el Fernández del Riego, por su labor como escritor y periodista, Jaureguizar destaca por la inventiva de sus historias y la visión universal de Galicia en el mundo. Ha publicado novela, relato, teatro, ensayo y literatura juvenil, con la cual también ha recibido notable éxito. Actualmente trabaja como periodista en El Progreso de Lugo, medio en el que coordina Táboa Redonda, semanal cultural que inició Ánxel Fole y finalista del Premio Nacional de Periodismo Cultural 2021.

 

CURADURÍA: Yordan Arroyo (Costa Rica). 


[1] Escritor, comunicador y periodista gallego. Realizó sus estudios en la Universidade de Santiago de Compostela, Universidade do Porto y en la Universidad de Valencia, donde cursó un Máster en Comunicación política, Nuevos periodismos y Sociedad del conocimiento. Además, su formación incluye ámbitos como el márketing o el audiovisual.

Desde 2019, escribe en la publicación cultural Táboa Redonda, un semanario histórico en Galicia vinculado a El Progreso de Lugo y Diario de Pontevedra, siendo la firma más joven desde su creación en los años 80. Entre 2020 y 2024, fue una de las voces detrás del podcast cultural Café Derby 21, uno de los de mayor popularidad en lengua gallega y ganador del Premio de la Crítica de Galicia en 2024. Ha trabajado también como presentador, publicista y prescriptor cultural, en medios como Cadena Ser. Pertenece a la Promoción XXIII de la Fundación Antonio Gala.