CARLOS VILLALOBOS | REVISTA AJKÖ KI No 4

CARLOS VILLALOBOS | REVISTA AJKÖ KI No 4

 

LA OTRA MITAD DE LA CATÁSTROFE

 

Había ido hasta el Centro comercial del norte, casi al otro de la ciudad, con la única intención de aprovechar una oferta de rebajas en casi todos los productos. Justo en el momento en que me dispuse a echar a la canasta un hueso de juguete, como regalo para mis perros, empezó la catástrofe.  En el primer segundo, como es lógico, uno no entiende lo que pasa, y el cuerpo, con todo y alma, se convierte de golpe en una estatua de miedo sólido. Uno mira de reojo a los demás y descubre que los otros, también en estado lítico, están mirando con el mismo pánico. Es entonces cuando alguien sin más preámbulo grita y el horror se propaga como un tsunami que ya nada ni nadie puede detener.

Creo que el primer grito de horror fue el de una niña al otro lado del pasillo. Luego se sumaron otros, incluido el mío, y se unieron al escándalo objetos que la gente tiraba al suelo, como si en una botella de vino que se quiebra o en una lata de atún que rueda estuviera, la explicación de la desgracia. Un tipo a mi lado se hincó y con las manos en alto imploraba clemencia como si ahí, entre las góndolas del supermercado, hubiera un altar de santos milagrosos.   

Mi siguiente reacción, como muchos, fue tirar al suelo la canasta de las compras y correr al ritmo de sálvese quien pueda. Para mi infortunio, la zona donde me pescó el siniestro queda casi al final de los pasillos. Advertí que era más rápido salir por la caja del fondo y no dar la vuelta como algunos, por estupidez, empezaron a hacerlo. En la carrera tropecé con una señora que venía sin prisa con su carro de compras. De una patada hice a un lado el miserable carrillo y seguí corriendo. Escuché los insultos de la mujer, pero yo no tenía tiempo para disculpas. Mi energía estaba ahora concentrada en la imperante urgencia de llegar al parqueo lo antes posible.

Algunos clientes seguían interesados en las rebajas, como si no estuviera sucediendo nada, como si el mundo no se estuviera desgajando y el Universo permaneciera en su lugar de siempre. No se inmutaban. Es más, parecían no entender el sentido funesto de la congoja colectiva. Era como si este infortunio no fuera con ellos y el tétrico suceso no tuviera consecuencias fatídicas en todos los rincones. Lo único que les importaba era seguir con sus comprar y punto.  No los perturbó el furor de la ignominia y, más bien, nos miraban como si fuéramos nosotros los culpables de este caos.  Hubiera querido convencerlos de que debían correr a salvarse, pero mi urgencia era mayor y después de todo a mí qué me importan lo que los demás piensen. Que cada persona haga con su conciencia lo que le dé la gana. 

Un chico con una caja de cervezas y un paquete de condones se disponía a pagar en la caja del fondo. No parecía tener prisa. Le grité que me diera campo, pero el muy cabrón se interpuso altanero. Le supliqué que por favor no fuera malparido, que si no se estaba dando cuenta de la gran tribulación que sucedía.  Hizo un gesto de displicencia y entonces estallé. Una patada en sus testículos fue suficiente.  Se tiró al suelo mientras maldecía, pero a mí me dio igual, lo más importante era que tenía el camino despejado para correr. En las demás cajas había también clientes que saltaban y empujaban para salir lo más rápido posible.

Excepto una cajera que estaba desencajada y pálida, los demás seguían en sus puestos al cuidado del dinero, como si la pesadilla hubiera ocurrido en un lugar imaginario o como si aquella tragedia fuera la noticia del día, que uno advierte en el noticiario mientras come y no siente ni una gota de lástima por alguna de las víctimas que llora. Sentí pena por aquella chica que gemía de pánico. Es probable que la hayan despedido sin goces salariales.

Al otro lado de las cajas, casi en la puerta de salida, había una señora desmayada o quizá había muerto de un infarto.  Para no pisar el cadáver brinqué sobre su cuerpo. A la orilla de la puerta vi una niña quizá de unos tres años atada a un carro de compras casi lleno. Daba gritos y llamaba a su padre. Estaba sola. Comprendo que su progenitor, junto con las compras, la había abandonado en medio de la conmoción. Yo habría hecho exactamente lo mismo. No era para menos.

En medio de la multitud que se abalanzaba hacia el parqueo, una mujer con enormes tacones verdes y gafas color naranja corría delante de mí. Por un momento me obstruyó el paso. Iba gritando y le rogaba no sé qué rezos a la Virgen del Socorro. Supuse que llegaría primero que yo al vehículo y eso significaba que podría ganarme la salida. Por suerte, logré empujarla y cayó de bruces.  Fue mi gran oportunidad para ser uno de los primeros en llegar al automóvil.

Mientras abría la puerta de mi carro, un guarda se me acercó y me dijo en tono suave: “No es para tanto, amigo, mantenga la calma, ni que fuera un atentado, un terremoto o un incendio”. Le grité que no fuera estúpido, que lo que estaba pasando no tenía comparación.  “Si usted lo ve así, —me dijo— es cosa suya”, y siguió con su rutina de vigilar el buen orden del centro comercial.  En ese momento lo menos que uno quiere es escuchar mensajes de autoestima o sermones de autoengaño, lo que uno quiere es que existan carros que vuelen o que estén ya inventados los trasportadores remotos.

Cuando algo sale mal, sale peor. Esa maldita regla funciona siempre y justo funcionó a la perfección en ese momento. Como siempre, los parqueos de estos centros del comercio están repletos. Y más ahí, este día, por el tema de los codiciados descuentos. Varios carros daban vuelta buscando acomodo. Al mismo tiempo una estampida corría en todas direcciones en busca de sus autos. La escena no podía ser más desesperante. Para mi desgracia, aunque llegué casi de primero, un tipo detuvo el auto detrás del mío en espera de que el chofer siguiente maniobrara la salida para ocupar el espacio. Le grité furioso que moviera el culo, pero el maldito no se inmutó. Su único objetivo era esperar a que se liberara el campo que decretó como suyo y de nadie más. Aceleré. Empecé a echar el carro hacia atrás e intenté golpearlo. Aceleré más. Por suerte, mientras vociferaba insultos, el tipo por fin se movió. El camino era mío. Chillé las llantas cuando di vuelta para salir. 

Alguien, por dicha, había roto la aguja del parqueo y aunque había varios autos adelante, la fila se movía. Pero una hilera de automóviles, con choferes igualmente desesperados, empezó a salir del parqueo del segundo nivel y todo se atascó. Afuera, mientras tanto, varios conductores querían entrar y estaban furiosos porque ya se habían obstruido los accesos. Ellos estaban urgidos por aprovechar las ofertas y los que huíamos estábamos desesperados por salir a como fuera. La salida se volvió un nudo que no parecía tener forma de resolverse. Nada se movía. Los cláxones de un lado y del otro no paraban de sonar. Escuché una ambulancia que intentaba entrar en vano. Nadie le daba campo. Cuando algo sale mal, sale peor.

Varios guardas intentaban ordenar sin éxito el despelote. Nadie cedía. A nadie le importaba un carajo nada. No tenían una pizca de conciencia de que podía haber alguien en apuros. Me desesperé. Descubrí que no conseguía nada con este grito del claxon a volumen eterno. Salí del carro y en un arranque de ira me fui a reclamar mis derechos de urgencia por salir.  Algunos de los que querían entrar también caminaban decididos a reclamar lo suyo. Vi llantos de niños en la cara de los adultos, hombres corpulentos y tatuados hechos un caracol de miedo en las aceras y perros que aullaban asustados como sin en el aire hubiera fantasmas de otros perros o de lobos asesinos.

A pesar de los nervios de punta, los que queríamos salir intentamos argumentar las razones de nuestro apremio. Cada cual tenía un motivo: alguien estaba desesperado por ir a sacar sus ahorros del banco, otro quería, a como diera lugar, correr a una cantina para emborracharse, una chica más allá gritaba que iba a llegar tarde a su puesto de trabajo.

Los que querían entrar parecían no tener corazón. Nos llamaban maricones, mentecatos, anarquistas, hijos de la gran payasada. Nos decían que nos quitáramos, que no estorbáramos el paso, que leyéramos Eclesiastés 4:12 y que ellos eran personas decentes y que pagaban sus impuestos.

Como reacción, insistimos en que más decentes éramos nosotros y que los corruptos y egoístas eran ellos. Entonces los llamamos fundamentalistas, serpientes venenosas, capitalistas sin corazón, gusanos de boñiga, predicadores del odio al prójimo.

Nadie se movió. Los insultos crecían. Oí que nos decían mariguanos, hippies vagos, mechudos, amanerados, culos flojos, ninfomaniáticos, fetichistas, seguidores de Osho.

La sangre en el ojo crecía y entonces les gritamos lamebolas, sanguijuelas, fariseos, clientes de Mc Donalds, lectores de Cohelo, reguetoneros. Les pedimos que dejaran ya de ser homofóbicos y que, de una vez por todas aceptaran que tenía doble moral.

Alguien del otro lado gritó: “Calmen ya ese ataque de pánico y busquen psicólogo”.

Alguien de nuestro lado respondió: “Y ustedes busquen un psiquiatra que lo que tienen es un ataque de impotencia”.

Esta última respuesta enojó a tal punto a los indiferentes que sin esperar razones se nos vinieron a puño limpio. Golpes iban, golpes venían. Unos gritaban, otros insultaban. Unos se hacían los muertos, otros lanzaban puntapiés. Unos llamaban a la Virgen Negra, otros a la Virgen Roja. Unos sacaron un cuchillo, otros mostraban las heridas.

Otros miraban desde lejos y se mataban de la risa.

Yo fui de los pocos que salvaron el pellejo pues brinqué hacia un extremo del zafarrancho. Estaba tan nervioso que no tenía fuerzas para pelear. Miré lo que sucedía, pero ya no me importaba. Era claro que no podría cruzar con mi vehículo. Entonces se me ocurrió correr hacia la calle y salvarme a mí mismo y que se fueran todos al carajo.  Me deslicé por los entreveros del tumulto y corrí. Pero en la calle también había cláxones, gritos y gente desmayada o muerta. Había carros abandonados, choques, personas desorientadas, niños solos, perros solos, humo de incendios en distintos lugares de la ciudad.

Traté de caminar lo más rápido que podía. Quería que una zancada me llevara directo a casa. Pero el camino era un largo oso de pereza que me abrazaba. En cada sitio había una historia de ánimos al borde y al mismo tiempo de corazones inmutables que no percibían la tragedia. Una mujer con un elegante sombrero de flores en el ala se paseaba con un pequeño maltés y miraba con desprecio a los que íbamos espantados. Un hombre que corría enloquecido, aún con champú en la cabeza, intentaba en vano cubrirse la desnudez con su toalla de baño. En su carrera no se percató de la mujer del maltés y chocó con ella de frente. Ambos rodaron por el suelo, mientras el sombrero y la toalla se hacían un nudo en el aire y el hombre desnudo terminó en brazos de la señora. No me detuve a mirar. No estaba en ese momento con ánimo de espiarle la vida a los demás.

En un tramo de la calle había cientos de palomas muertas. Se notaba que se lanzaron en bandada de suicidio contra los cables eléctricos. Sobre la hilera de los cuerpos inertes había cientos de palomas vivas que desplumaban a las muertas como buscando algo aprovechable. La calle era un río de plumas que empezaba a llevarse el viento. No me interesé en lo que esto significaba. Yo solo tenía un objetivo: llegar lo antes posible a casa.

Justo a la vuelta estaba el barrio donde resido. Llegué sudoroso y casi no tenía fuerzas, pero llegué sano y salvo a mi refugio. Mientras abría la puerta oí gemidos de perro. Deduje que la tragedia también había afectado a Yino y Yango, mis amados compañeros. Por ellos fui al supermercado y por ellos tomé el hueso de regalo cuando empezó el desastre. Los había recogido de la calle, pero yo los trato como si fueran de pedigrí. Presentí que algo grave les había sucedido. Tuve una corazonada y me preparé para lo peor.  Entré y la escena me desbarató el corazón de un solo hachazo. Yo tenía razón. Yino, en un charco de sangre, gemía moribundo. Yango, encima, le ladraba furioso como si en aquel compañero de casa hubiera encarnado el demonio mismo. Cuando me acerqué Yango me gruñó. No parecía reconocerme. Era él el poseído. Me eché hacia atrás e intenté calmarlo. Comprendí entonces lo que sucedía: era la catástrofe. No había nada que pudiera hacer para impedir lo que pasaba. 

Me desplomé en un rincón y contemplé la sentencia de esta muerte que ocurría en mi propia casa. Lloré. Lloré como lloran los que lloran en las tumbas. Sentí que no había nada ya que pudiera aliviar esa brasa apocalíptica.

Han pasado varias horas y aquí sigo desplomado. Intento secar mis lágrimas y me llevo las manos a los ojos. Entonces me percato, con sorpresa, de que mi mano izquierda no está vacía. Tengo el hueso de juguete que justo me disponía a comprar para mis perros. Hubiera jurado que lo tiré al suelo con la canasta de compras cuando empezó el siniestro. Pero no. Aquí está conmigo como señal de que todo esto es cierto. No lo pagué. Pasé por la caja y no lo pagué. Sonrío. Por primera vez sonrío. Yango sigue lamiendo con saña la muerte de Yino. Sonrío. Mañana, antes de salir de compras, me ocuparé de limpiar la sangre.

(En: Curación de la locura, 2020).

 


EL ACCIDENTE

 

No puedo ver nada, pero sé que acaba de ocurrir un accidente porque el estruendo me sobresalta. Es un estrépito que mezcla el bramido de las ramas que se quiebran con un golpe como de mazo sobre la tierra. Un empujón irracional me lanza hacia el sitio de los destrozos.

Deben ser casi las cinco de la tarde. La neblina es densa y las sombras de la inminente noche están a punto de oscurecer el bosque. Desde luego que en momentos así, de incertidumbre, urge saber si alguien vive; luego vienen las hipótesis posibles y los planes de acción para evacuar a las víctimas.  Por suerte, no se ven señales de humo o fuego. Es obvio que la aeronave a pesar del fuerte golpe no hizo combustión. Significa que no se destruyó del todo. En estos casos, las probabilidades de que alguien haya quedado vivo son mayores.

Me tiemblan las piernas y siento que me desmayo. Es normal. Nunca he presenciado un accidente aéreo y mucho menos he tenido que socorrer heridos. Respiro. Debo ser valiente. Sé que si flaqueo no podré auxiliar a nadie.

Las ramas de varios árboles están partidas como si las hubiera destroncado una bestia. Unos diez metros más adelante puedo ver con más claridad una hilera de latas torcidas. Distingo la cola del aparato. El timón de dirección está completo, pero los estabilizadores parecen acordeones aplastados. Se trata de una avioneta pequeña, probablemente de unos cuatro pasajeros.

Hay latones retorcidos que se han revolcado con el barro y las raíces de la foresta. Parece la basura de un botadero de chatarras sucias. Una de las alas se ha despegado totalmente, como si la hubiera arrancado a la fuerza un gigante. La otra, está intacta. Igual ocurre con buena parte del fuselaje. Suele suceder en este tipo de percances de que, a pesar del impacto, no todo se destruye. Con suerte hay alguien que aún respira.

Estoy ahora en la escena de la tragedia. Me estremece lo que veo.  Brinco por encima de los escombros y alcanzo una de las ventanas del fuselaje. Es curioso que los vidrios de este lado no se hayan roto. Tal vez encuentre aquí el cuerpo del piloto o de alguno de los pasajeros. Me siguen temblando las piernas y siento que me falta el aire. Tomo fuerza y me asomo. Mis sospechas se cumplen. Al otro lado del vidrio distingo una forma humana. Se mueve. Parece como si se hubiera percatado de que estoy aquí. Sabe que he venido en su auxilio. Levanto la mano y la persona hace lo mismo. Me acerco para ver mejor de quién se trata y en qué condición se encuentra. Entonces noto que la figura también acerca la cabeza.

Me echo hacia atrás y maldigo. Soy yo. La figura en el vidrio es solo mi reflejo. Me tiemblan las piernas. Me cuesta respirar. Tengo miedo. Tomo fuerzas y grito lo más fuerte que puedo: “Hay alguien ahí.”  Grito más fuerte: “¿Alguien me escucha?”

Aprovecho que aún hay luz para buscar alrededor. Quizá por las llantas del tren de aterrizaje haya un sobreviviente en los matorrales aledaños. Casi no puedo coordinar los pasos. Es normal el nerviosismo. En alguna parte aquí podría haber un cadáver despedazado o un herido moribundo.  Aguzo el oído por si en algún punto hay alguien que resuella, pero lo único que oigo son los grillos que empiezan a estridular en la neblina.

Me asomo de nuevo a la ventana, pero esta vez con la mano sobre el vidrio, como visera, para evitar el reflejo. Veo el interior: los asientos han quedado colgando de la parte lateral, un sector del panel de control se ha roto y una rama se ha incrustado en la ventana frontal. Observo que la puerta del otro lado se despegó totalmente. Si doy la vuelta puedo ingresar a lo que queda de la cabina. Debo hacer un gran esfuerzo para cruzar, no solo por los latones que obstaculizan mi camino, sino porque me tiembla todo. Por fin lo consigo. Entro y observo con detenimiento el interior. No hay nadie. Tal parece que los ocupantes consiguieron salir antes de que yo llegara. 

La noche está a punto de asfixiar los últimos atisbos de la luz. No tengo mucho tiempo. Se me ocurre que tal vez la radio aún funcione. Comprendo que mi idea es una estupidez. No hay sistema que opere en este caos y menos el eléctrico. Observo los destrozos del panel de control y miro alrededor. Parece mentira que hace pocos minutos esta avioneta estaba entera.  Deslizo uno de los asientos para ubicarlo en la posición original. Sé que no tiene sentido lo que hago, pero es mi modo de expresarle a esta nave mis condolencias. Cuando bajo el asiento cae un bolso al piso. Es de color azul perlado, de cuero fino y ni más ni menos que de la marca Kiz. Sé muy bien que no es barato y me abalanzo sobre el hallazgo. Lo lógico es que hubiera volado en el accidente y posiblemente se habría roto, pero tal parece que el asiento lo protegió.

Salgo de la cabina para tener un poco más de claridad y camino hasta lo que alguna vez fue el morro de la avioneta. Me siento en el suelo y corro la cremallera del bolso. Los nervios hacen que tiemble como si fuera a destapar un explosivo. Lo primero que encuentro es una pañoleta verde, luego descubro una loción para la piel, ungüentos, un dentífrico, chicles, píldoras, pintalabios, un cepillo, pañuelos faciales, llaves y una cartera.  Aunque confieso que el bolso me sedujo, la verdad es que no he venido a buscar objetos de valor y menos a escudriñar valijas en busca de dinero. Pero hay varios billetes en esta cartera y uno es de cien dólares. Esta sorpresa me pone en una situación incómoda. Un día de suerte no lo tiene nadie así tan de buenas a primeras. Pienso en las ironías de la vida. La dueña de este bolso ahora mismo estará muerta o mal herida en algún punto de la montaña y yo, en cambio, disfruto de lo que antes era suyo.

En la cartera también hay recibos arrugados y un documento de identidad. Me tiemblan las piernas y siento que desfallezco. Lo saco. La luz es ahora muy escasa y me cuesta distinguir los detalles, pero consigo leer el nombre: Florencia García. “Florencia” repito. Esta revelación me zarandea. Es obvio que esta mujer venía en la avioneta.  No distingo la foto, pero intuyo que tiene un porte altivo y quizá luce un pelo rubio recién teñido y un traje fino que combina con el collar, la pulsera y los pendientes.

La noche le ha puesto una sábana de luto a la avioneta. No tiene sentido permanecer más en este sitio. De todos modos, ha sido infructuosa la búsqueda de cuerpos. Además, si me quedo y por desgracia llega la policía podrían suponer que he ocultado los cuerpos para quedarme el bolso.

Me tiemblan las piernas y siento que me falta el aire. Reordeno las cosas casi a tientas y palpo el suelo en procura de que no se me haya quedado ningún objeto. No sería conveniente que la policía encuentre algo y descubran mis huellas digitales. 

Cuando estoy a punto de cerrar la cremallera distingo entre los árboles una figura que se mueve. Mis ojos se han habituado mejor a la oscuridad, así que no es posible que se trate de una equivocación. No es un animal. Es un ser humano que se acerca. Camina despacio. Cojea como si tuviera rota una de sus piernas.

Quiero salir corriendo, pero no puedo. No tengo fuerzas. Estoy ahora en el suelo junto al bolso de Florencia y lo único que se me ocurre es fingir que soy un tronco más de la montaña.

Escucho que la figura que se acerca tose y se lamenta. Es un hombre un poco alto y tal parece que viene herido. A cada paso se detiene y arquea el cuerpo como si fuera a vomitar. Vomita un quejido y avanza un paso más. Salió del bosque por el lado derecho y pienso que se detendrá en alguno de los extremos del fuselaje. Me equivoco. Sique moviéndose hacia la parte delantera, como si supiera que estoy aquí.

Ahora está a poco menos de dos metros. Tose de nuevo y se queja. No se detiene. Tengo miedo. Quiero correr. Podría levantarme y ser una liebre que salta bosque adentro, pero no puedo. El hombre se detiene. Sus pies están ahora a menos de un centímetro de mi cuerpo. Se agacha y me toca el hombro.

—Florencia.

El hombre me mueve como si quisiera despertar a un durmiente que ha caído en el fondo de un letargo.

—Florencia. ¿Me escuchas? Lo siento. No encontré a nadie. Parece que caímos lejos de algún poblado. Florencia, escúchame, nadie sabe dónde estamos.

El hombre pone su cabeza sobre la mía y llora. Saca del bolso la pañoleta verde y la tiende sobre mi espalda.

Lloro, yo también lloro con el hombre. Le agradezco lo de la pañoleta. Acabo de darme cuenta de que mi vestido está empapado de sangre y que tengo frío.

(En: Inferus, de pronta publicación en España.

Cedido por el autor para efectos de esta publicación).

 


Carlos Villalobos (Costa Rica, 1968): Es Premio de la edición 34 de cuentos Ciudad de Coria (España, 2024); Premio Internacional “Diario Jaén” de Novela Corta (España, 2023); Premio Internacional de poesía “Vicente Rodríguez Nietzsche” (Puerto Rico, 2023); Premio internacional de poesía Dolors Alberola (España, 2022); Premio UNA-Palabra en el género cuento (Costa Rica, 2019); Premio Brunca de la Universidad Nacional de Costa Rica (2014) y Premio Editorialde la Universidad de Costa Rica (1999). Publicaciones literarias. Poesía: Un río sonámbulo (España, 2023), Cambio de Dios (Puerto Rico, 2023), Fosario (Estados Unidos, 2022), Altares de ceniza (España, 2019), El cantar de los oficios (Costa Rica, 2015), Trances de la herida (México, 2015), Insectidumbres (Costa Rica, 2009), El primer tren que pase (Costa Rica, 2001), Ceremonias desde la lluvia (Costa Rica, 1995) y Los trayectos y la sangre (Costa Rica, 1992). Cuento: Curación de la locura (Costa Rica, 2020) y Tribulaciones (Guatemala, 2003). Novela: El libro de los gozos (Costa Rica, 2001) y Donde Nadie (España, 2023).

Ensayo: Los extremos de la imaginación (Costa Rica, 2022) y El ritual de los Atriles (Costa Rica, 2014). Es doctor en Literatura Centroamericana, máster en Literatura Latinoamericana y licenciado en Periodismo. Se desempeña como docente en la Universidad de Costa Rica. En esta institución ha fungido como vicerrector de Vida Estudiantil y director de la Escuela de Filología, Lingüística y Literatura.

 

CURADURÍA: Yordan Arroyo (Costa Rica).