ISLA CORREYERO  | REVISTA AJKÖ KI No 4

ISLA CORREYERO | REVISTA AJKÖ KI No 4

 

 

LOS LÍMITES

 

Necesitamos testimonios que enciendan en nosotros el

       recuerdo de lo más profundo.

 

Cuando éramos niños teníamos un margen de conciencia

       dedicado al Resplandor.

 

Podíamos ver más allá de los nombres y las cosas. Arder

      de amor por los pobres y los muertos. Visitar

      regiones invisibles atravesando las azules tinieblas de

      las habitaciones.

 

Traíamos de aquellos límites –siempre frágiles–

      Descalzos los pies, una peligrosa tristeza y extrañas

       imprecisiones en el vocabulario.

 

Y, cerrando los ojos, volvíamos a ver con claridad lo que

habíamos penetrado

y descansábamos, como dormidos, en el regazo de nuestra

       madre

que nos creía y jugaba con nosotros, otra vez, a retirarnos

de la muerte.

 

(En: Mi bien [antología poética con prólogo de J. A. González Iglesias], 2018).

 


 

UNA TAZA DE CALDO

 

A mi señora, María Victoria Atencia.

 

Amnón andaba por ella atormentado, hasta

enfermar por Tamar, su hermana.

(2 Samuel, 13, 2-3)

Cuando yo era muy niña

una mujer amada me cantaba un romance

en las tardes altísimas del final del verano.

Pretendía dormirme con aquella canción

que contaba la historia

de dos hermanos moros cautivos en Granada:

 

Ella estaba con fiebres malignas en el lecho

y él, un guapo muchacho,

le llevaba una taza de caldo

oculta en la chilaba.

 

Yo jamás me dormía

porque jamás historia alguna me pareció tan bella.

La ternura corría caliente por mi sangre

como el caldo que a ella le calentaba el cuerpo.

 

Y cerraba los ojos

y veía acercárseme a mi hermano

al que amaba más que a mi propia vida.

 

¿Cómo podría el tiempo disipar la memoria

de aquellas escaleras

pintadas en un ocre maravilloso y cálido,

y el mandil de la yaya

con el pañuelo siempre guardado en un bolsillo,

o aquella porcelana colgando en las paredes,

y los relojes viejos con esmaltes gastados,

y los paños de hilo componiendo figuras,

y aquellos reposteros de seda descrudada

cubriendo los pasteles?

 

¡Soñaba tantas veces con ser aquella mora

enferma palidísima!

Quizá para sentirme, como ella,

asistida, por el hermano amado.

 

Un día de tormenta partimos de viaje.

Y en el coche mi hermano jugaba con un coche.

Una vez más cerré los ojos húmedos

y me metí por dentro del juguete de plástico.

La penumbra y los rayos caían a mi boca

como cayera el caldo de la historia en la Historia.

 

No sé qué es el incesto.

Pero si alguna vez amé con amores carnales

a alguien de mi sangre,

fue aquella tarde hermosa de truenos y de lluvia,

en el asiento azul de un coche de juguete.

 

(En: Mi bien [antología poética con prólogo de J. A. González Iglesias], 2018).

 


 

PERO SE MUEVE

 

¡Oh médicos malditos!

 

No me digáis que me he quedado huérfana.

No me digáis que ha muerto mi vertiginoso.

No.

 

Mi mano lo acaricia desde el cerebro a la uña azul del pie, mi mano con la suya, terriblemente fría, deja pasar el aire y se convierte en pasadizo de humo.

 

No está inmóvil ni frío.

Yo veo como se mueve la ventana y él se mueve desde lo hondo de mis ojos,

 

se mueve para mí, se mueve con los pájaros que vienen del ensueño.

 

Tiene el temblor de una tormenta negra, la constante temperatura de la piedra en la casa.

 

Su lecho dolorido me dice que él existe, su colchón empapado de nieve y de saliva, de sangre levitando sobre las cuatro patas.

 

Él existe y se mueve.

 

Va a exigirme un compacto de Sibelius, está pidiendo pan y se levanta, de lo invisible a la arrogancia de su miopía, me está pidiendo la velocidad para volverse.

 

Y ahora está de pie, cerrando la ventana.

 

Ha vuelto a mi dulzura, a mi diálogo de histérica, vuelve la furiosa función del miocardio, vuelve de las flexibles tablas de la justicia.

 

Ha vuelto para mí.

 

Toco su pecho.

 

Me veis: Hablo de él como si nada hubiera sucedido.

 

¡Oh médicos malditos!

 

(En: Mi bien [antología poética con prólogo de J. A. González Iglesias], 2018).

 


 

EL CEREZO / 13 DE ABRIL DE 1996

 

Con su pijama azul de enfermo transparente, mi padre,

     desde su ventana, me señaló el cerezo florecido que

     vive en el jardín del hospital. Me dijo: “Qué pronto

     se mueren las flores en nuestra península”.

 

Ahora, un año después, yo estoy bajo el cerezo que está

        tan blanco como la sentencia de su corazón.

Antes de entrar a trabajar me pongo cada día bajo su

         blancura y él me ofrece la majestad de su sudario.

 

Sé que dentro de unos meses cada flor del frutal será una

        gota roja con el brillo y el punto de la muerte.

 

Cogerán las cerezas los taxistas y los celadores más ágiles.

 

Durarán sus frutos cuatro o cinco días, y también los

      pájaros hambrientos de Madrid vendrán a devorar

      lo que contemplo ahora con la lentitud de una pena

      incesante.

 

Desde aquel incalculable día de la tristeza, no he podido

       atravesar el lugar del cerezo, sin que una conciencia

       iluminada me detuviera la memoria.

 

Pero ya no voy a moverme nunca más de aquí. Bajo sus

      ramos blancos voy a quedarme hasta la sangre de las

      cerezas.

 

No ha de pasar el tiempo si yo estoy vigilante. Y este

      árbol, guardado con mis sueños, no podrá traspasar

      la evolución de mi melancolía.

 

(En: Mi bien [antología poética con prólogo de J. A. González Iglesias], 2018).

 


 

AMENAZA

 

Yo no respondo de mi mano. Es asesina cuando te distingue.

              Va a por ti, empezando por el corazón y la cabeza.

 

Ya no puedo mandar que te salude y se retire: lleva una

       cadena de oro enganchada a tu sombra.

 

Si me ves surgir en la noche, apártate y mide la distancia.

       Soy orgullosa e inesperada y puedo caer sobre tu rostro.

 

¡Huye de mí!

 

Pero te advierto que tengo la paciencia de los vengadores

     y la constancia de los grandes sueños.

 

(En: Mi bien [antología poética con prólogo de J. A. González Iglesias], 2018).

 


Isla Correyero (España, 1957): Es una poeta de sino romántico, entregada a la poesía como un destino ineludible. Es también guinista de cine y televisión. Está incluida en las antologías: Las diosas blancas (1986), Ellas tienen la palabra (1997), Humanismo solidario (Visor, 2014) y Poesía soy yo (Visor, 2016). Es, a su vez, la antóloga de Feroces. Radicales, marginales y heterodoxos en la última poesía española (1998). Ha obtenido los premios Villafranca del Bierzo, Ricardo Molina y Hermanos Argensola.

Su antología poética Mi bien (2018) recoge sus poemas esenciales, que representan y actualizan todos sus libros publicados: Cráter (1984), Ámbar (1986, inédito), Lianas (1988), Crímenes (1993), Diario de una enfermera (1996), La Pasión (1998), Amor tirano (2002), Lepidópteros (2014) y Divorcio (2015), junto a una amplia muestra de Ámbar, libro de amor que quedó inédito hace años, y a un nuevo poema final que cierra y abre puertas en su escritura. "El título Mi bien es una fórmula que la poeta ha usado para la persona amada, pero ahora se refiere definitivamente a la poesía: a la suya y a la que ha leído. Así convierte su antología en un verdadero libro nuevo, en el que todo adquiere un sentido distinto" (palabras de J. A. González Iglesias).

 

CURADURÍA: Yordan Arroyo (Costa Rica).