Contra el altar del “último intelectual”
Cómo se fabrica un canon y por qué Centroamérica no necesita un heredero único.
Una respuesta al ensayo de Carlos Cortés, publicado en La Nación
Por Douglas R. Lee
1) Introducción
Hay frases que aparentan describir una época cuando, en realidad, buscan administrarla. No nacen para iluminar un fenómeno, sino para organizar jerarquías, distribuir prestigio y fijar la memoria alrededor de ciertos nombres. Una de esas fórmulas reaparece cíclicamente en la vida cultural latinoamericana: la proclamación del “último intelectual”. No se trata de una categoría analítica. Es una escena de clausura.
Cuando Carlos Cortés, en un ensayo publicado en La Nación, presenta a Sergio Ramírez como “el intelectual más importante de la región” y “sin duda, el último en su género”, no estamos ante un simple elogio a un escritor de trayectoria indiscutible. Estamos ante una operación simbólica más ambiciosa: la conversión de una figura relevante en emblema terminal, en culminación de una genealogía que se supone agotada. El gesto no solo eleva a una persona; reduce el campo entero que la rodea.
El problema, conviene decirlo desde el inicio, no es Sergio Ramírez. Su obra literaria, su presencia pública y su lugar en la conversación cultural hispanoamericana son hechos verificables. El problema es otro: la facilidad con que ciertos discursos —en este caso, el de Carlos Cortés— sustituyen la crítica por la canonización y la historia por una liturgia del prestigio.
2) El elogio como dispositivo
La tradición crítica latinoamericana ha cultivado con frecuencia una fascinación por las figuras totales: escritores que además fueron tribunos, políticos, pedagogos, periodistas, diplomáticos y conciencia moral de su tiempo. El catálogo es conocido: Martí, Vasconcelos, Paz, Vargas Llosa, entre otros. Han sido leídos no solo por lo que escribieron, sino por el tipo de centralidad que encarnaron.
Ese modelo respondió a condiciones históricas específicas. En sociedades con instituciones frágiles, censuras recurrentes y escasos espacios deliberativos, el escritor ocupó funciones que en otras latitudes correspondían a universidades robustas, partidos estables o una prensa plural. La figura del intelectual adquirió así una gravitación excepcional.
Pero una genealogía histórica no equivale a un mandato eterno. Mucho menos autoriza la nostalgia automática por sus formas.
Cuando se afirma que alguien es “el último intelectual”, ocurre algo revelador: el presente deja de ser una escena viva de producción cultural y se convierte en epílogo. Los contemporáneos ya no aparecen como interlocutores, sino como descendencia menguante. Lo que hoy se piensa desde el feminismo, los movimientos indígenas, el periodismo de investigación, la crítica racial, las diásporas o los nuevos espacios digitales queda relegado a una categoría menor: voces fragmentarias frente a la supuesta estatura de una era extinguida.
3) La frase no describe una realidad, la fabrica. Visibilidad y verdad histórica
Buena parte de estas consagraciones descansan sobre una confusión frecuente: la identificación entre centralidad mediática y centralidad histórica.
La primera se mide en premios, festivales, entrevistas, traducciones, invitaciones universitarias y presencia editorial. La segunda remite a otra escala: la relación con la verdad, la capacidad de interrogar el poder, la disposición a revisar la propia biografía política y la forma en que una obra dialoga con los conflictos de su tiempo.
Ambas dimensiones pueden coincidir, pero no son equivalentes.
Un autor visible no es necesariamente un autor históricamente central. Y una voz decisiva para comprender una época puede habitar márgenes editoriales o circuitos no legitimados por el mercado internacional. La cultura contemporánea ofrece innumerables ejemplos de esa asimetría.
En América Latina, donde buena parte del reconocimiento continúa mediado por centros de validación externos —Madrid, Barcelona, Nueva York, ciertas universidades anglosajonas—, la distinción resulta especialmente importante. La circulación global de un nombre suele confundirse con su incontestable primacía regional. No siempre lo es.
4) Memoria del poder
En el caso de Sergio Ramírez existe, además, una dimensión que ningún elogio serio debería eludir: su participación directa en el poder político. Ramírez no es únicamente un novelista consagrado; fue vicepresidente de un gobierno revolucionario y actor de una experiencia histórica decisiva para Nicaragua y para la imaginación política latinoamericana del siglo XX.
Ese dato no lo descalifica. Pero sí modifica el estándar con el que debe ser leído.
Quien ha ejercido poder no comparece ante la historia en las mismas condiciones que quien solo la observó desde fuera. La autoridad intelectual de quien gobernó exige una relación particularmente rigurosa con la autocrítica, con las zonas oscuras del proyecto al que perteneció, con las responsabilidades compartidas y con los silencios heredados.
No basta con haber roto posteriormente con una deriva autoritaria —gesto importante y valioso— para quedar exento de examen sobre las etapas anteriores. El exilio no sustituye a la memoria. La disidencia posterior no cancela automáticamente las preguntas pendientes.
La crítica literaria que omite esta dimensión corre el riesgo de convertir la biografía en santuario.
5) Cómo se produce un canon
Desde la sociología de la cultura sabemos que el prestigio rara vez es espontáneo. Los cánones se construyen mediante redes de legitimación: editoriales influyentes, premios, suplementos culturales, jurados, festivales, universidades, traducciones, agentes y medios. Nada de esto implica conspiración. Implica estructura.
Un canon no es una mentira; es una selección históricamente situada.
El problema aparece cuando esa selección se presenta como natural, definitiva o cerrada. Cuando los mecanismos que distribuyen visibilidad desaparecen detrás del mito del mérito puro. Cuando una constelación de apoyos institucionales se traduce en una supuesta evidencia ontológica: “el más importante”, “el último”, “el irrepetible”.
Toda cultura necesita criterios, jerarquías provisionales y discusiones sobre calidad. Lo que no necesita es confundir esos debates con ceremonias de coronación.
6) La nostalgia del último
Hay algo más en juego en la figura del “último intelectual”: una cierta melancolía latinoamericana. Cada generación parece tentada a declarar terminado el tiempo de las grandes voces. Ocurrió con García Márquez, con Benedetti, con Galeano, con Vargas Llosa. La muerte biológica o el envejecimiento de una generación se transforma entonces en diagnóstico civilizatorio: ya no habrá otros.
Esa nostalgia suele ser menos inocente de lo que parece. Al idealizar el pasado, vuelve sospechoso al presente. Si antes hubo gigantes, ahora solo habría especialistas, activistas, periodistas, académicos sectoriales y autores sin gravitas. El pensamiento se atomiza; la autoridad se miniaturiza.
Pero quizá el error reside en la pregunta misma. Tal vez no asistimos al fin del pensamiento crítico, sino al fin de una de sus formas históricas: la del gran mediador masculino, letrado, nacional-popular, investido de una representación casi total de la sociedad.
No es una decadencia. Es una transformación.
7) Centroamérica y la pluralidad pendiente
En Centroamérica, donde las élites culturales han sido tradicionalmente estrechas y donde las violencias políticas fracturaron generaciones enteras, la tentación de concentrar reconocimiento en unas pocas figuras produce efectos particulares. Consagra trayectorias valiosas, sí, pero también reproduce una escasez artificial: como si la región solo pudiera ofrecer un nombre por época, una voz autorizada a la vez.
La pregunta urgente no es quién hereda el cetro del último intelectual. La pregunta es qué condiciones materiales, educativas, editoriales y democráticas permitirían que existieran muchos.
Universidades libres. Medios independientes. Redes de traducción. Espacios para pensamiento indígena y afrodescendiente. Revistas culturales sostenibles. Protección a periodistas. Acceso editorial descentralizado. Conversación intergeneracional. Esas infraestructuras importan más que cualquier pedestal.
Las culturas florecen menos por la grandeza aislada de sus íconos que por la densidad de sus ecosistemas.
8) Después del altar
No hay nada objetable en celebrar una obra importante. Lo objetable es convertir el homenaje en cierre de época y la admiración en obediencia simbólica. Las tradiciones vivas no se preservan levantando altares, sino multiplicando interlocutores.
Centroamérica no necesita un “último intelectual”. Necesita lectores exigentes, instituciones abiertas y voces capaces de disentir entre sí sin pedir permiso a ningún canon.
Mientras exista una sola persona escribiendo desde los márgenes, preguntando por lo que el prestigio prefiere olvidar, la historia seguirá abierta. Y ninguna consagración, por brillante que sea, podrá decretar el final del pensamiento crítico.
SOBRE EL AUTOR: Douglas R. Lee. Ingeniero y pensador nicaragüense, comprometido con la ética y las verdades ocultas en torno a la cultura de su país.
