ESCRIBIENDO EN EL PAISAJE DEL VARÓN | REVISTA AJKÖ KI No 4

ESCRIBIENDO EN EL PAISAJE DEL VARÓN | REVISTA AJKÖ KI No 4

 

ESCRIBIENDO EN EL PAISAJE DEL VARÓN

 

Por: Dorelia Barahona Riera[1]

 

Al reflexionar sobre mi experiencia escribiendo en Centroamérica, no puedo dejar de pensar en el viaje vital que hiciera Yolanda Oreamuno, escritora nacida en 1916 en Costa Rica y que fuera parte de la generación de los años cuarenta, cuando escribió la novela: La ruta de su evasión. Un viaje que iniciamos también muchas de las mujeres que escribimos en dicha zona geográfica, sin dejar de ver, de experimentar que el recorrido lo hacemos en las tierras y los paisajes del varón.

Un paisaje que además de ser desigual, materialmente hablando en cuanto al acceso a la educación, al patrimonio y al mercado laboral entre mujeres y hombres, es terriblemente desigual también en sus posibilidades de movimiento, de negociación, y de validación cultural.

El paisaje del varón tiene la tierra dividida y las herencias dadas, pero además, tiene su arte y sus canciones propias. Canta y entona su historia en corridos, rasga sus boleros, tiene sus lugares de festejo y recorre sus propias cantinas, ferias y prostíbulos. Y así como también tiene sus lugares de culto y duelo, entre altares, casas familiares y sitios históricos, también tiene sus lugares para la reorganización del capital social, el cambio político y el de mando, entre oficinas, centros comunales, plazas y embajadas.

El diseño de este paisaje es muy antiguo y está muy bien articulado. En este territorio la mujer ocupa un pequeño espacio. Y aunque a veces lo parezca, cada vez que el paisaje se me hace nuevo, se me vuelve a hacer viejo. Porque Centroamérica ha cambiado pero no en los grandes sectores como lo son la educación y la cultura. Sigue siendo la mujer la que mantiene su condición de dependiente, de carente, de anhelante, sosteniendo con su vida la profunda desigualdad, viva y ardiente entre los géneros. Desigualdad que conduce por supuesto a otras desigualdades en las culturas, las clases sociales y en el propio tejido político que sobrevive al período de las dictaduras manteniendo el lastimoso lastre de la violencia de género, la violencia bicaria o la invisibilización que es otro tipo de violencia.

Sigue siendo la mujer la criadora de los hijos, que en su gran mayoría se mantiene en el hogar y es este su paisaje laboral, político, económico y sentimental, con la baja escolaridad que esto conlleva y por supuesto sin ningún salario. Esta realidad se ve reflejada en lo que escribimos las mujeres en la región, como espejo, como ruptura o como denuncia.

¿Como iniciar el camino de la verdadera independencia? se preguntó Yolanda Oreamuno desde las primeras páginas de su novela, ¿Como romper el círculo del abuso, la sumisión y la esclavitud psicológica? Este tipo de preguntas se plantean hoy en día muchas escritoras que reniegan de la vida doméstica, la maternidad, como centro de sus cuerpos, la dominación informativa sobre los afectos, los propios mitos y la objetivación sexual por encima de sus capacidades y talentos, creando historias que narran severas críticas al patriarcado, por medio de personajes femeninos que son lucidos testigos de la honda depresión y asilamiento que aqueja a muchas.

Porque no es lo mismo narrar con la legitimidad de quien posee la voz del reino que desde la suma de las periferias. Periferia de región, de acción y de creación. Y aclaro que le digo a esta realidad paisaje de varón, porque en Centroamérica es muy usual que los hombres se saluden y conversen así, de varón a varón. Aclaro también que tampoco es mi intención satanizar la organización social resultado de la división del patriarcado porque es el resultado del pasado, pero si evidenciarla y contribuir a su decolonización.

Consuelo Meza y Magda Zavala, en su ensayo: Desde los márgenes a la centralidad. Escritoras en la Historia Literaria de América Central (2019), identifican una constante en el relato de la guerra que se hace presente en textos de varias narradoras: Norma García Mainieri y Mildred Hernández de Guatemala; Claribel Alegría y Claudia Hernández de El Salvador; María Eugenia Ramos de Honduras; así como Gioconda Belli, Rosario Aguilar y Mónica Zalaquett de Nicaragua.

Las autoras referidas identifican, también, el hecho de que el eje de las reflexiones identitarias de género se da a partir de la escolarización de las mujeres y es mi opinión que las escritoras costarricenses lo hacen en este sentido. Yolanda Oreamuno se gradúa en el Colegio Superior de Señoritas, donde gana su primer premio con el breve ensayo “¿Qué hora es?” Allí alude a la necesidad de muchas mujeres de buscar trabajo al final del colegio ya que sus hogares no pueden mantenerlas y así muchas optaran por el matrimonio como vía de salida. Cito: “Que no haga la mujer poses de feminista mientras no haya conseguido la liberación de su intelecto de lo mejor de ella misma preso en su propio cuerpo” (1938)

Me pregunto qué habría sido de Yolanda Oreamuno si no hubiera estudiado en este colegio. Después de un escandalozo intento de rapto por parte de un hombre obsecionado, queda ella con su talento e inicia su propia ruta, esquivando la permanente depredación patriarcal de la que hemos sido víctimas tantas de nosotras y que es propia de la región y de quien, como ella, depende de sus propios medios para sobrevivir. No solo se trata de mandatos sociales sino también de prácticas de extrañamiento, en el estudio, la academia, las políticas, las críticas y las representaciones literarias, que propician la divulgación del pensamiento y la escritura de los varones antes que de las mujeres, traduciéndose en la repetición de esta historia de desigualdad.

Cito de nuevo a Consuelo Meza y Magda Zavala:

Una situación que típicamente ha diferenciado y separado a los hombres de letras de las mujeres escritoras en el contexto centroamericano es el acceso del que gozan los hombres a la camaradería literaria: la tertulia de los cafés y bares; las polémicas literarias públicas; la dirección de las revistas y periódicos y casas editoriales; el reconocimiento público; la inclusión en antologías e historias literarias, el otorgar y recibir premios literarios. Todo el entramado y decorado que componen y han creado la cultura y la sociedad literarias tal y como se conocen actualmente (p. 9)

De hecho para nosotras las escritoras nos es mucho más difícil relacionarnos con el medio, cuando podemos darnos tiempo para pensar en una carrera literaria, sin haber experimentado alguna conducta abusiva por parte de algún varón en algún momento de la carrera. La ruta nos deja pues sin lengua, sin boca, sin pelo, sin tiempo, pero seguimos y caminamos golpeándonos la cara con puertas que se cierran, tapándonos los oídos ante los gritos de la tradición y el ácido de la maledicencia, cayéndonos y levantándonos.

Somos resistentes al agua, al sol, al brillo de los espejos, a la humedad de los pozos y al aislamiento de las habitaciones. Juntamos una y otra vez los pedazos que nos quitaron en medio del paisaje del varón. Escribimos y seguimos la ruta. Las mujeres seguimos creando identidad y caminos con nuestros textos y esto nos hace ganar en conocimiento de nosotras mismas. También ganamos en educación y desarrollo y con ello en espacios y nombres. En el presente ya no silenciamos las malas experiencias, y con estos cambios va ocurriendo algo grato.

De en medio del paisaje del varón surge un pequeño pasaje que deja ver colinas antes desconocidas. Allí los cultivos son un logro cuidado por todos. Varones y varonas, apoyándose para sobrevivir, cuidando y cuidándose. Hay suficiente espacio para estas nuevas generaciones: mesas, sillas, camas, cunas, hamacas, fogones, herramientas y aparatos. Hay agua para beber y hay un techo bajo el cual dormir. Tenemos que aprender a verlo. Y con esto no me refiero a que precie la idea inocente, de volver a las carencias de una vida agrícola pospandémica.

Me refiero a que con los paisajes vienen las historias y que nos urge hacer nuevos paisajes y crear nuevas historias. Para esto siempre es necesario sobre todo el trabajo, el oficio, que surge con el trabajo y el talento, que no llega a hacernos famosas o famosos a todos, pero si por lo menos nos conforma como personas apasionadas por la literatura en la región.

 

Referencias:

Meza Márquez, C., y Zavala, M.(comps.), (2019). Desde los márgenes a la centralidad. Escritoras en la Historia Literaria de América Central. Universidad de Aguascalientes.


[1] Escritora, filósofa, pintora e historiadora del arte costarricense nacida en Madrid, España, en 1959. Con su poemario La edad del deseo obtuvo el Premio Universidad de Costa Rica 1992 y con su primera novela, De qué manera te olvido, el Premio Juan Rulfo 1989. Es autora de Retrato de mujer en terraza (novela, 1995), Noche de bodas (relatos 1994), La señorita Florencia (relatos, 2003), La ruta de las esferas (novela, 2008), Los deseos del mundo (novela, 2006), Hotel Alegría (relatos, 2010), Ver Barcelona (novela 2012), Maestra de obras (ensayos, 2014), Zona azul (2018), Movimientos tectónicos (poesía, edición bilingüe, 2024) y Parece que duerme (novela 2024).