ALDO FRANCISCO PRADO | REVISTA AJKÖ KI No 4

ALDO FRANCISCO PRADO | REVISTA AJKÖ KI No 4

 

EL MONSTRUO

 

Sus manitas sudaban y con nerviosismo repasaba las palabras que había estado practicando la noche anterior para hablar sobre su monstruo. Ya su turno se acercaba y después de la presentación de Julieta, el pequeño Martín debería pasar al frente y exponer, delante de todos sus compañeritos, aquel monstruo que él había seleccionado.

En aquel salón, de primer grado de escuela elemental, celebraban el Halloween y ya había desfilado el demonio, el vampiro, el hombre lobo, la llorona, y hasta el viejo del costal.

Sin embargo, para algunos chiquillos esta era la oportunidad para ser bastante creativos y a varios les gustaba inventarse su propio engendro. Martín era de este tipo.  

Su madre le había comprado un pliego de cartulina que necesitaba para la tarea, también, una caja de lápices de colores baratos. Martín, apurado, tomó los materiales y se encerró en el cuartito de los cachivaches, pues le gustaba hacer la tarea ahí.

El niño se esforzó por hacer un buen trabajo. Aquel día salía con cierta frecuencia del cuartito y se paraba al lado de la mesita del comedor donde su mamá estaba planchando, pero no decía nada, absolutamente nada, sólo miraba hacia la repisa en la que reposaban una veladora, algunas botellas, revistas viejas y una alcancía con forma de cerdito.

Martín salía una y otra vez del cuartito, seis veces lo hizo en total; pero cada vez que regresaba al cuartito dibujaba una letra en la cartulina. Ya después de la sexta vez no salió más.  

Cuando los niños terminaron de aplaudir a Julieta, Martín tomó su cartulina, respiró profundo, llegó hasta el escritorio de la maestra y le entregó aquel pliego para que lo pegara en el pizarrón.

Antes de pegarlo, la maestra desenrolló la cartulina para revisarla. Entonces, la cara de la maestra se transformó y sus blancas mejillas se pusieron rojas, muy rojas. Martín sonrió orgulloso y dijo:  —Es culpa de mi monstruo, maestra, ya está trabajando.

El rostro de la maestra pasó por diferentes tonos, intentó mostrar calma y sonreír, pero parpadeaba más de lo normal. Los niños se dieron cuenta y a Martín se le dibujó una sonrisa en el rostro aún más expresiva mientras asentía con la cabeza. 

—¡No puedes presentar esto Martín! ⸻dijo la maestra—¡No es apropiado! 

La sonrisa de Martín se desvaneció y trató de explicar algo, la maestra, sin embargo, lo tomó de la mano y lo encaminó hasta su escritorio.

Todos los niños callaban, había un ambiente pesado y amargo, el monstruo de Martín había transformado a todo el salón, aun sin haberlo presentado ante los demás. Martín recostó su cabeza en el pupitre, y se cubrió con sus brazos regordetes. La maestra regresó a su escritorio y llamó al siguiente estudiante para que presentara un nuevo monstruo, pero la niña se negó, pues estaba asustada.

Entonces la profesora se dio cuenta de que había que cambiar de actividad así que sacó un libro, les leyó un cuento y después de eso mandó a los niños al recreo.

—Tú no, Martín⸻dijo la maestra—, tú espera aquí.  

La maestra tomó el teléfono y llamó a la directora, después, hizo venir a la consejera; a los pocos minutos las tres mujeres hablaban con voz bajita al frente del salón, como poniéndose de acuerdo, y una a otra asintieron con la cabeza en algo parecido a la solución.  

Entonces, la maestra, ya más calmada le dijo:  —Martín, ¿te gustaría hacer la presentación de tu monstruo para nosotras tres?  

Martín levantó la cabeza, se secó dos lágrimas y asintió tímidamente. La maestra tomó el cartel y lo pegó en el pizarrón. ⸻Ven Martín, ya puedes comenzar. 

⸻Buenos días, señora directora, y señorita consejera; yo soy Martín y les voy a presentar mi monstruo…

Con incomodidad disfrazada las educadoras fijaron su mirada en la cartulina. Martín había dibujado, torpemente, una botella y había escrito en el centro seis letras muy grandes, todas en mayúsculas: «TEQUILA».

Mi monstruo⸻continuó Martín⸻, es como los genios, sí, parecido al de la lámpara de Aladino, y también vive dentro de una botella.  

Martín se limpió los mocos que le escurrían y aclaró su voz, y ya empezaba a formársele cierta sonrisa de orgullo, pues sospechaba que había hecho un buen trabajo y quería mostrarlo a todos. 

⸻Este monstruo tiene poder y hace que la gente se transforme, tal como cambió el rostro de la maestra Lupita hoy cuando vio mi dibujo⸻. El entusiasmo del niño iba en aumento y continuó diciendo: ⸻¡Cuando sale de la botella se apodera de las personas y las convierte en demonios, en vampiros, también en el viejo del costal o la llorona! Por eso este es el monstruo más poderoso de todos. 

A un lado de la botella, Martín también había dibujado una imagen, parecía ser la de un ser humano, pero no estaba bien delineada, tenía unos enormes ojos disparejos, la cabellera desordenada, poseía garras en vez de manos, sus pies eran deformes y desproporcionados. En verdad, era una figura tan horripilante que era difícil creer que un niño de seis años la hubiera dibujado. 

⸻¿Y ese personaje tan espeluznante que dibujaste al lado de la botella es el monstruo cuando se ha salido de la botella?⸻preguntó la directora. 

Martín sonrió primero, luego inclinó la cabeza sin poder ocultar un dejo de vergüenza y entonces añadió:  ⸻No, maestra, ese es mi papá cuando el monstruo se le ha metido. 

 

(Inédito. Cedido por su autor para efectos de esta publicación).


Aldo Francisco Prado (México, 1971): Estudió agronomía en la Universidad Antonio Narro y educación en el Instituto Tecnológico de Monterrey. En el año 2005 emigró a los Estados Unidos, concretamente la ciudad de Houston, Texas. Desde entonces ha trabajado como maestro escolar, escritor y diseñador curricular. Es subdirector de preparatoria, actualmente decano y catedrático universitario. En el año 2005 ganó el tercer lugar de los Juegos Literarios Universitarios Nacionales en México, organizados por la universidad de Yucatán. En estos momentos es estudiante de la Maestría en Escritura Creativa de la Universidad de Salamanca, España. Se prepara para dedicarse de lleno a la escritura.

 

CURADURÍA: Calú Cruz (Costa Rica).