WALTER TORRES RODRÍGUEZ | REVISTA AJKÖ KI No 4

WALTER TORRES RODRÍGUEZ | REVISTA AJKÖ KI No 4

 

 

 CAJA IDIOTA

 

De aquel día, recuerdo la sensación ingrávida en el microbús de mi papá. Era una versión tercermundista de esas simulaciones de gravedad cero con aviones en caída libre. Los niños rodábamos en la parte trasera sin asientos o cinturones de seguridad que nos contuvieran. Nuestro trabajo consistía en no llorar, en mantener el silencio absoluto, simular ser piezas de mercadería legales y nada frágiles, alguna caja que no levantara sospechas entre los tráficos. Niños de contrabando, o algo parecido.

Desde ese escondite obligatorio, vacío como carroza fúnebre, lo único que se escuchaba era algún sollozo de mamá. Papá parecía que jugaba a lo mismo que nosotros, con el mismo silencio libre de sospechas. Nos subieron al microbús sin ninguna explicación, como la primera vez que nos llevaron al eñor o cuando íbamos al dentista. Preguntar, lo llevábamos marcado en las piernas, era inútil. Solo se detuvo y abrió la puerta. Al cerrar, le prensó un dedo a mi hermano mayor. Soltó un par de lágrimas absolutamente callado.

Nos reunimos toda la noche en un salón circular. En su eñoro no supe que esa era la última vez en la que la familia se reuniría. Los niños éramos de los pocos artefactos más ignorados que el ataúd. Y es que tenía apenas cinco años cuando la abuela murió. Pasó así, sin más. Supongo que algunos viejos se mueren de eso, de viejos. Al menos eso me dijo mamá por salir del paso.

Yo y mis hermanos nos escondimos debajo de una mesa a contar historias de terror, pero en realidad eran teorías de cómo murió tita. Alguno dijo que abuelo la mató en un arranque de cólera después de un partido de Heredia, otro, que las cenizas de la bisabuela le cayeron en la cabeza como algún tipo de venganza. Los mayores se acercaban a la caja haciéndose los desentendidos para buscar alguna cicatriz, algún dedo u ojo faltante. Mi hermana dijo que la piel de la abuela se sentía como la pierna de cerdo refrigerada de la navidad anterior. También dijo que la textura era más como mi máscara de payaso o aquel dinosaurio de hule sin cabeza. Tal vez fuera una muñeca, una de esas réplicas realistas, puede que la abuela de verdad estuviera muy rota para exhibirla ante la familia.

Los adultos repartían el tiempo en partes iguales entre sorbos escandalosos, desenterrar cosas de antes, morder una galleta, silencio, incomodidad. Los otros niños de la familia estaban acostados en sus sillones o bajo tierra. Los padres responsables los dejaron lejos de la vela por puro sentido común, con el portón cerrado y la televisión encendida.

El abuelo era un hombre sencillo, de pocas palabras y pocos gestos. Arroz y frijoles, aguadulce y Walker, Texas Ranger. Miraba la televisión en el sentido más estricto de la frase: miraba hacia el aparato sin siquiera enfocarlo. Más de una vez lo atrapé viéndolo apagado, con su reflejo en el espejo negro de la pantalla. Caja estúpida, le gritaba de vez en cuando solo por disimular. Amaba mirar al vacío o, al menos, al vacío en la caja.

Por lo demás, los entierros en mi familia eran iguales a cualquier rezo o bautizo. La gente aparecía por generación espontánea. Uno juraría que jamás había visto a la mayoría de primos y tíos, como si cambiaran de actor por falta de presupuesto en una serie familiar de los ochentas. Las versiones desmejoradas de mis familiares deambulaban por ahí y de vez en cuando te estripaban los cachetes y decían frases genéricas tipo “qué grande que estás” o “yo a vos te alcé cuando eras de este tamaño”, como si el crecimiento de los niños fuera una anomalía genética. Tenían caras de genuina estupidez. Estoy seguro de que pocos entendían por qué estábamos reunidos. No nos explicaban nada a los niños porque no tenían cómo, supongo. No los culpo, éramos de los mismos.

Todas esas muecas de falsa tristeza se desenfocaban cada vez que paseaban la mirada ante la figura inamovible del abuelo, clavado en el piso como el eje del compás que dibuja un salón, que caricaturiza a los habitantes de su periferia. Los ancianos que se quedan solos mueren de tristeza poco después, había susurrado mamá por teléfono, sin saber que aguantaría más de cien años. Esa era otra de las teorías de mis hermanos: lo más probable era que mi abuela muriera por tantos años de soledad.

Un requinto y unas señoras desafinadas dividieron el salón entre viejos evangélicos y viejos católicos. Celebraban la muerte de abuela como si ella les hubiera dejado algún terreno. El estuche del requinto se llenó de monedas de cien, todo un espectáculo callejero. Recogieron plata para café y pan que nunca se materializaron. El milagro de los panes y los peces en reversa.

Durante todo el rito, el abuelo fue consistente con el semblante que conoció su esposa toda la vida. Atravesó el entierro sin derramar una lágrima; una marca perfecta. Todo ese tiempo, yo fui su copia exacta, o una fotocopia de mi padre, una versión desmejorada por falta de presupuesto. Lo único triste, para mí, era nuestra incapacidad para conmovernos.

Me acerqué, lo jalé del pantalón y le pregunté por qué no lloraba, le pregunté si no tenía miedo a la muerte. Me alejé, cerré los ojos y me tapé la cara con las manos en espera de algún manotazo o puntapié. Él se quedó allí, con las manos en los bolsillos, como si yo no existiera, como de costumbre. Algo dijo entre dientes, pero no lo entendí. Caja idiota, supongo ahora, en retrospectiva, que dijo.

Entonces, lo noté: el abuelo no miraba a la abuela, miraba su ataúd. Pero lo miraba como quien ve la televisión.

(En: Cabeza ‘e chancho, de pronta publicación en la Editorial Costa Rica.

Material inédito cedido por el autor para efectos de esta publicación).

 


Walter Torres Rodríguez (Costa Rica, 1992): Se graduó de la Universidad de Costa Rica en 2019, de la Licenciatura en Educación Primaria. Actualmente, trabaja como profesor de Español en una escuela, donde también dirige un taller literario para niños desde el 2019. Ingresó, en el año 2018, al taller Joaquín Gutiérrez, donde se introdujo en el oficio de poeta. Ha publicado dos libros: Cinefilia (EUCR, 2020) y Niños ferales (EUNED, 2023). Ganó el certamen literario de la UCR en el 2019 y la selección anual de poesía de la EUNED, el Certamen Luis Ferrero Acosta, el Certamen UNA Palabra en el año 2023 y el Certamen Joven Creación de la ECR en el año 2024. También, ganó una mención de honor en el certamen UNA Palabra en el año 2022. Su poemario Vuelta al útero se publicó en 2024 bajo el sello de la EUNA, y sus cuentarios “Todas las ballenas mueren ahogadas” y “Cabeza ‘e chancho” serán publicados por la Editorial Costa Rica a finales del 2024 e inicios de 2025, respectivamente. Un par de sus textos han aparecido en algunas revistas y antologías.

 

CURADURÍA: Calú Cruz (Costa Rica).